Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Mario Benedetti: Eso

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Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quien le había enseñado eso». Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.

Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: «Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.» El teniente asombrado pero alerta, atinó a preguntar: «Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?» El preso, ya en disposición de hacer concesiones agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»

El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania.»

Frédéric Mistral: Les secrets des bestes

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A mon ami Mariani

En faisant des recherches dans la bibliothèque de Carpentras, je mis la main sur un manuscrit, par très ancien, au plus de la première moitié du seizième siècle, où je trouvai un certain nombre d’historiettes assez curieuses.

D’où provient ce recueil, que j’ai tout lieu de croire inédit ? Probablement du fonds Peyresc, qui a contribué à enrichir la bibliothèque Inguimbertine (c’est le nom de la célèbre bibliothèque de Carpentras). Parmi les contes ou fabliaux du manuscrit carpentrassien s’en trouve un, chose singulière, qui m’a paru se rapporter à ce fameux Vin de Coca, remis en vogue de nos jours par Mariani. Ce qui prouve une fois de plus que bien des choses considérées comme de belles découvertes ont été connues autrefois et jusqu’à en être légendaires.

Voici du reste le fabliau de la Coca, il est intitulé : Les Secrets des Bestes.

Un jeune bûcheron s’en allait une fois couper du bois dans la forêt, lorsqu’il entendit, à distance, un formidable bris de gaulis et de branches produit, aurait-on dit, par quelque fauve énorme qui se serait ouvert une voie dans les fourrés.

Le gars, tout effrayé, se mussa dans un arbre creux qui se trouvait à proximité, sur le bord d’une mare, et apparurent, tout d’un coup, sortant du bois l’un après l’autre, un lion, un léopard et un monstrueux reptile appelé cocadrille. Or, cette mare était l’endroit où, paraît-il, journellement ces animaux venaient boire et, après boire, ils parlaient entre eux, se confiant ce qu’ils savaient sur les secrets de la Nature.

Le lion dit :

- Si à Madrid ils avaient une source limpide, inépuisable comme celle-ci, n’est-ce pas ? ils ne pâtiraient pas de soif, comme ils le font cette année, par l’extraordinaire sécheresse qui règne. Et pourtant, s’ils savaient ! sur la Plaza Mayor il y a une grosse pierre qui en occupe le milieu : ils n’auraient qu’à la soulever et une source merveilleuse en jaillirait, suffisante pour désaltérer tout Madrid et la Castille avec !

- Ah parbleu ! s’ils savaient ! dit le léopard, et la reine d’Espagne, qui est au lit depuis neuf ans, qui mange, boit comme une personne en plein état de santé, et qui pourtant languit et se meurt de consomption, au point qu’elle en est blanche comme si elle n’avait plus une goutte de sang rouge ! On n’aurait cependant qu’à regarder sous son lit et, en soulevant un carreau, on aurait vite vu la cause, la cause épouvantable de son dépérissement.

Le cocadrille à son tour dit :

Antonio Ros de Olano: El ánima de mi madre

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Antonio Ros de Olano por José Gutiérrez de la Vega

¡Terrible noche aquélla por cierto!

Mi calle enfila al Norte sin discrepar un ápice y está muy solitaria y ruinosa, de suerte que, mejor que calle, parece una brecha que abrió el invierno con sus baterías de viento y el empuje de sus avalanchas… ¡Oh! ¡gran sitio para celebrar un sábado! ¡Recinto pintiparado para los aquelarres!………Sin embargo las brujas andan desperdigadas a tientas y a locas por el mundo, cuando no han dado con ella. ¡Ah! ¡Qué calle, qué calle la mía! Llovía a cántaros y un vendaval rabioso acababa de matar los faroles, cuando mi padre entró en casa. Estábame yo acurrucado en el barreño de la ceniza y rebujado en un ruedo leyendo a Platón al mortecino reflejo de una candileja, y como tenía mis cinco sentidos puestos en el libro, no saludé al buen señor con el tenga Vd. santas noches de costumbre. Tiróme él su capa encima muy bruscamente y sentí un frío mortal que me caló los tuétanos. Más mojado que un chopo, naturalmente sacudí los hombros y miré el rostro de mi padre. En lo que vi se hallaba enojado y eché a temblar.

-Maldecido de Dios, bien hizo tu madre en morirse al echar al mundo el fruto de su culpa. ¡Oh, cuánto horror me das!
-Padre mío, soy inocente y bueno.
-¡No! tú eres el instrumento que forjó y aguzó una mujer contra su honra y vida.
-Padre mío…
-Quita, quita, que naciste en mal hora.
-Soy inocente y bueno, laborioso y humilde. He calentado tu vianda, barrido los suelos de tu estancia y mullido tu lecho para que reposaras.
-¡Mi lecho! ¡Mi lecho!! ¡Ah! ¿Tú sabes que el vellón de mi cama está convertido en erizos de veinte años a esta parte?
-Yo he restaurado el calor de tus miembros, padre mío, con la frotación de mis palmas…

Mi padre cayó de golpe sobre los ladrillos y una palidez de muerte cubrió su rostro. Entonces me precipité a él y mis labios y mis manos llamaron a su cabeza la sangre que sin duda se había retirado a los senos del corazón para ahogarlo. Mas poco a poco la rubicundez de sus mejillas fue subiendo de punto, tanto que empezó a darme cuidado y hasta que los ojos se le pusieron como la lumbre. Mientras se mantuvo inmóvil lo sostenían mis brazos, pero luego que incorporándose me clavó una mirada, que me quemó de dos chispazos, di en huir para que más el diablo no aventara la braza. Y en siete saltos cobré la puerta, bajé seis tramos y me encontré en la calle. La lluvia había cesado, y en su lugar un mansísimo orvallo caía como el ropaje de las sombras aplanando el espíritu. Eché a andar sin dirección, desamparado y huérfano en el mundo, sin nadie sobre la tierra para mí, oscuro el porvenir, desprovisto para la sociedad, aborrecido de un hombre y desconocido de todos, solo encogido, tímido, cobarde, el alma pura, el corazón sensible, jamás rociado en el bálsamo de las caricias, el cuerpo yerto, entumecido y flaco, sin pan y sin asilo, próximo a perecer de sentimiento. Parecíame que marchaba sobre el caos, que en verdad no sentía bajo mis pies la tierra. Las manos por delante y caminando, tropecé contra el atrio de una iglesia y me acogí a sus muros. ¡Ay!, dije, arrojando muy de cerca el hálito en mis crispados dedos. Las comunidades religiosas eran unas nuevas familias que adoptaban por hijos y por hermanos suyos a los como yo desgraciados, sin otro vínculo que la virtud; pero desde aquí fueron arrojadas al martirio las comunidades religiosas y el templo está desierto y la caridad sin sus mandatarios. ¡Estoy solo!, y mañana el sol que me caliente descubrirá mi miseria a los que pasen por junto a mí sin condolerse. Y ahora me esconde la misma noche que me hiela….tan malos son para mí la noche como el día. Mañana como hoy, ¡todo es lo mismo! Y el siempre se forma de una hora y otra y otra y la de más allá, ¡todas como ésta! ¡Ay madre mía! ¡cuál fue mi culpa al nacer!

Robert E. Howard: The Tower of the Elephant

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CHAPTER 1

TORCHES flared murkily on the revels in the Maul, where the thieves of the east held carnival by night. In the Maul they could carouse and roar as they liked, for honest people shunned the quarters, and watchmen, well paid with stained coins, did not interfere with their sport. Along the crooked, unpaved streets with their heaps of refuse and sloppy puddles, drunken roisterers staggered, roaring. Steel glinted in the shadows where wolf preyed on wolf, and from the darkness rose the shrill laughter of women, and the sounds of scufflings and strugglings. Torchlight licked luridly from broken windows and wide-thrown doors, and out of those doors, stale smells of wine and rank sweaty bodies, clamor of drinking-jacks and fists hammered on rough tables, snatches of obscene songs, rushed like a blow in the face.

In one of these dens merriment thundered to the low smoke-stained roof, where rascals gathered in every stage of rags and tatters— furtive cut-purses, leering kidnappers, quick-fingered thieves, swaggering bravoes with their wenches, strident-voiced women clad in tawdry finery. Native rogues were the dominant element—dark-skinned, dark-eyed Zamorians, with daggers at their girdles and guile in their hearts. But there were wolves of half a dozen outland nations there as well. There was a giant Hyperborean renegade, taciturn, dangerous, with a broadsword strapped to his great gaunt frame—for men wore steel openly in the Maul. There was a Shemitish counterfeiter, with his hook nose and curled blue-black beard. There was a bold-eyed Brythunian wench, sitting on the knee of a tawny-haired Gunderman—a wandering mercenary soldier, a deserter from some defeated army. And the fat gross rogue whose bawdy jests were causing all the shouts of mirth was a professional kidnapper come up from distant Koth to teach woman-stealing to Zamorians who were born with more knowledge of the an than he could ever attain.

This man halted in his description of an intended victim's charms, and thrust his muzzle into a huge tankard of frothing ale. Then blowing the foam from his fat lips, he said, 'By Bel, god of all thieves, I'll show them how to steal wenches: I'll have her over the Zamorian border before dawn, and there'll be a caravan waiting to receive her. Three hundred pieces of silver, a count of Ophir promised me for a sleek young Brythunian of the better class. It took me weeks, wandering among the border cities as a beggar, to find one I knew would suit. And is she a pretty baggage!'

He blew a slobbery kiss in the air.

'I know lords in Shem who would trade the secret of the Elephant Tower for her,' he said, returning to his ale.

Francisco Tario: La noche del muñeco

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Me hubiera gustado ser asesino, cirquero o soldado, y soy, en cambio, un grotesco  muñeco de trapo: lívido, enclenque, sin ninguna belleza. Tengo dos ojos pasmados e insulsos, demasiado redondos; dos orejas monstruosas y blandas que me llenan de vergüenza; una nariz chata, con dos orificios absurdos por donde meterán sus deditos los niños en cuanto caiga en manos de ellos. Tengo una boca ancha, sin dientes, que se prolonga hacia abajo en un rictus de amargura; mi cara es deforme, antipática y blanca como la luna; mis piernecitas y brazos penden del tronco sin ninguna gracia, con sus dedotes tan pésimamente imitados que a todos producen risa...
Nadie me mira. Nadie me compra.
Desde mi solitario ataúd de cartón veo desfilar por las aceras rostros de niñas y niños que se trastornan de gozo ante cualquier chuchería: una aldeana panzona, una pistola de agua, un camello con su botín, un carro de bomberos. Los veo saltar y chillar con sus piernecitas rosadas y sus vocecitas tan frescas. Los ojos se les inundan de llanto, retratada en ellos la alegría. Pero no me compran, no se percatan siquiera de mi presencia; cuando más, detienen en mí sus miradas perdidas con una expresión titubeante o desconfiada. ¡Yo los entiendo de sobra! Se preguntan: "¿Y qué es eso tan viejo y tan feo que está al fondo del escaparate?" Las personas mayores se ríen, se mofan de mí; pero esto no me importa en absoluto. Las personas mayores son gente mal educada y sin ningún sentimiento.
En cierta ocasión, por ejemplo, descubrí desde mi celda a un caballero extremadamente elegante que llevaba un niño de la mano. Repasaban ambos el escaparate en busca, me imagino, de un juguete de primer orden. Miraban, miraban y no me veían. De pronto, me estremecí. Sobre mis ruinosas carnes de trapo acababan de posarse los ojos claros del niño. Reflexioné: "¡Si me llevara...! El niño parece rico y me dará los mejores tratos. Me conducirá asimismo a un soberbio palacio y me hará dormir en su propia camita: una camita muy tibia, muy suave, junto a una ventana, con las sábanas de lino y las almohadas de pluma. A él le narrarán por las noches cuentos encantadores y, yo, fingiendo dormir, podré escucharlos perfectamente. Jugaré con su gato y su perro, con sus otros  juguetes... ¡No me destrozará!"
Tal cosa pensaba yo, cuando el niño levantó su carita hacia el caballero que lo acompañaba y preguntó algo que no acerté a comprender, porque hablaba un lenguaje extraño. Entonces el caballero me observó estupefacto y, señalándome con un dedo, rompió a reír del modo más innoble. Se burlaba ignominiosamente, despiadadamente, como no debe burlarse nadie de las cosas tristes y feas. Los vi alejarse por entre los carruajes, y aquella noche no conseguí cerrar los ojos.

Robert William Chambers: The Yellow sign (The King in Yellow)

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...
"Along the shore the cloud waves breaks,
The twin suns sink behind the lake,
The shadows lengthen
........................................In Carcosa.
Strange is the night where black stars rise,
And strange moons circle through the skies,
But stranger still is
..................................Lost Carcosa.
Songs that the Hyades shall sing,
Where flap the tatters of the King,
Must die unheard in
....................................Dim Carcosa.
Song of my soul, my voice is dead,
Die thou, unsung, as tears unshed
Shall dry and die in
...................................Lost Carcosa."

Cassilda's Song in The King in Yellow. Act I. Scene 2.
...
...

"Let the red dawn surmise
What we shall do,
When this blue starlight dies

And all is through."


I. BEING THE CONTENTS OF AN UNSIGNED LETTER SENT TO THE AUTHOR

There are so many things which are impossible to explain! Why should certain chords in music make me think of the brown and golden tints of autumn foliage? Why should the Mass of Sainte Cécile send my thoughts wandering among the caverns whose walls blaze with ragged masses of virgin silver? What was it in the roar and turmoil of Broadway at six o'clock that flashed before my eyes the picture of a still Breton forest where sunlight filtered through spring foliage and Sylvia bent, half curiously, half tenderly, over a small green lizard, murmuring: "To think that this also is a little ward of God!"

When I first saw the watchman his back was toward me. I paid no more attention to him than I had to any other man who lounged through Washington Square that morning, and when I shut my window and turned back into the my studio I had forgotten him. Late in the afternoon, the day being warm, I raised the window again and leaned out to get a sniff of air. A man was standing in the courtyard of the church, and I noticed him again with as little interest as I had that morning. I looked across the square to where the fountain was playing and then, with my mind filled with vague impressions of trees, asphalt drives, and the moving groups of nursemaids and holiday-makers, I started to walk back to my easel. As I turned, my listless glance included the man below in the churchyard. His face was toward me now, and with a perfectly involuntary movement I bent to see it. At the same moment he raised his head and looked at me. Instantly I thought of a coffin-worm. Whatever it was about the man that repelled me I did not know, but the impression of a plump white grave-worm was so intense and nauseating that I must have shown it in my expression, for he turned his puffy face away with a movement which made me think of a disturbed grub in a chestnut.

I went back to my easel and motioned the model to resume her pose. After working awhile I was satisfied that I was spoiling what I had down as rapidly as possible, and I took up a palette knife and scraped the color out again. The flesh tones were sallow and unhealthy, and I did not understand how I could have painted such sickly color into a study which before that had glowed with healthy tones.

I looked at Tessie. She had not changed, and the clear flush of health dyed her neck and cheeks as I frowned.

"Is it something I've done?" she said.

"No, I've made a mess of this arm, and for the life of me I can't see how I came to paint such mud as that into the canvas," I replied.

"Don't I pose well?" she insisted.

"Of course, perfectly."

"Then isn't not my fault?"

"No. It's my own."

"I'm very sorry," she said.

I told her she could rest while I applied rag and turpentine to the plague spot on my canvas, and she went off to smoke a cigarette and look over the illustrations in the Courier Français.

Salomé Guadalupe Ingelmo: A un gringo viejo / To an old gringo

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Los cuerpos, caballos y soldados, yacen esparcidos, desordenados. Uniformes embarrados, desgarrados, ensangrentados... Ni rastro de dignidad en la agonía. Ni rastro de pompa o gloria en la muerte. La misma sordidez y brutalizad en cada batalla, en cada guerra, sin importar el lugar o sus banderas. Podrían ser los campos en los que perdió a tantos compañeros y él mismo fue herido. Por un momento se pregunta si, después de haberlo visto todo, habrá tenido sentido el ir a buscar la muerte en una tierra extranjera.
Pero a sus espaldas sólo deja un matrimonio fallido, hijos muertos o enfermos y, eso sí, un buen puñado de historias por las que ha valido la pena. Así que sigue adelante; ya no hay razón para regresar. Y caminando se adentra en la niebla. Es tan espesa que sólo le permite ver unos pocos pasos por delante de él. Sin embargo no resulta gélida sino inusualmente cálida y acogedora. Tanto que, en ese siniestro paraje, le embargaba una inefable sensación de bienestar. Inexplicablemente ya no se asfixia ni siente la fatiga. Como si el cuerpo ya no le pesase y los años se hubiesen desvanecido.
–Hola, Ambrose –saluda el sargento Halcrow, jovial como siempre.
No le sobresalta su aparición. Tiene buen aspecto, igual que aquel día de hace 52 años en Shiloh, antes de la batalla. Unas horas después sus intestinos se desparramaban por el suelo, mientras alrededor hozaban los cerdos. El escritor le recibe con una palmada en el hombro. Juntos continúan el camino. Prosiguen la charla interrumpida décadas atrás como si el tiempo se hubiera detenido.
“Desapareció, señor. Sin más. Marchaba delante de mí, le veía con tanta claridad como le veo a usted ahora. Y de repente dejé de verle. Se desmaterializó. Las huellas de sus pisadas desaparecen ahí, en la nada. Algo sobrenatural, cosa de fantasmas”.
Posteriormente muchos aseguraron sentir una presencia en el paraje, y escuchar una carcajada que sobrecogía. No por maligna o amenazadora, sino por enérgica y vital. Algunos dicen que era el viejo gringo extraviado, que había encontrado su lugar.



The bodies, horses and soldiers, lie scattered, disordered. Uniforms muddy, torn, bloodied ... No sign of dignity in agony. No sign of pomp or glory in death. The same squalor and brutality in every battle, in every war, regardless of location or flags. These could be the fields in which he lost many comrades and he himself was wounded. For a moment he wonders whether, after having seen it all, would have a meaning going to seek death in a foreign land.

August Derleth: The Seal of R’lyeh

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 MY PATERNAL GRANDFATHER, whom I never saw except in a darkened room, used to say of me to my parents, “Keep him away from the sea!” as if I had some reason to fearwater, when, in fact, I have always been drawn to it. But those born under one of thewater signs—mine is Pisces—have a natural affinity for water, so much is well known.They are said to be psychic, too, but that is another matter, perhaps. At any rate, that was my grandfather’s judgement; a strange man, whom I could not have described to save my soul—though that, in the light of day, is an ambiguity indeed! That was beforemy father was killed in an automobile accident, and afterward it was never said in vain,for my mother kept me back in the hills, well away from the sight and sound and thesmells of the sea.
But what is meant to be will be. I was in college in a mid-western city when mymother died, and the week after, my Uncle Sylvan died too, leaving everything he had to me. Him I had never seen. He was the eccentric one of the family, the queer one, theblack sheep; he was known by a variety of names, and disparaged in all of them, exceptby my grandfather, who did not speak of him at all without sighing. I was, in fact, thelast of my grandfather’s direct line; there was a great-uncle living somewhere—in Asia,I always understood, though what he did there no one seemed to know, except that ithad something to do with the sea, shipping, perhaps—and so it was only natural that Ishould inherit my Uncle Sylvan’s places.
For he had two, and both, as luck would have it, were on the sea, one in aMassachusetts town called Innsmouth, and the other isolated on the coast well abovethat town. Even after the inheritance taxes, there was enough money to make it unnecessary for me to go back to college, or to do anything I had no mind to do, and theonly thing I had a mind to do was that which had been forbidden me for these twenty-two years, to go to the sea, perhaps to buy a sailboat or a yacht or whatever I liked. But that was not quite the way it was to be. I saw the lawyer in Boston and wenton to Innsmouth. A strange town, I found it. Not friendly, though there were those whosmiled when they learned who I was, smiled with a strange, secretive air, as if theyknew something they would not say of my Uncle Sylvan. Fortunately, the place at Innsmouth was the lesser of his places; it was plain that he had not occupied it much; itwas a dreary, somber old mansion, and I discovered, much to my surprise, that it wasthe family homestead, having been built by my great-grandfather, who had been in the China trade, and lived in by my grandfather for a good share of his life, and the name of Phillips was still held in a kind of awe in that town.
No, it was the other place in which my Uncle Sylvan had spent most of his life. Hewas only fifty when he died, but he had lived much like my grandfather; he had not been seen about much, being seldom away from that darkly overgrown house which crowned a rocky bluff on the coast above Innsmouth. It was not a lovely house, not such a one as would call to the lover of beauty, but it had its own attraction, nevertheless, and I felt it at once. I thought of it as a house that belonged to the sea, for the sound of the Atlantic was always in it, and trees shut it from the land, while to the sea it was open, itswide windows looking ever east. It was not an old house, like that other—thirty years, Iwas told—though it had been built by my uncle himself on the site of a far older housethat had belonged to my great-grandfather, too.

Juan Ángel Laguna Edroso: Las funestas obsesiones del capitán Ahab

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Como todas las mañanas desde que la infernal ballena blanca le arrancara la pierna junto a un pedazo de su propia alma, el capitán Ahab bajó de su hamaca con el pie izquierdo. Aquel gesto se había integrado tanto en su rutina que se había convertido en un acto reflejo muy conveniente para su equilibrio. Solo cuando tenía bien afianzado el pie sano podía acompañar a este la pata de marfil que sustituía al miembro amputado. El golpe seco que daba esta en el tablazón del camarote era la señal de que la caza se reanudaba —si es que, de algún modo, se había detenido durante la noche-, de que la vida, aun en condena, seguía su curso. Era un tañido que, irremediablemente, le robaba una sonrisa feroz.

Se aseó y se vistió con febril parsimonia, con la mente puesta en el fantasma del sanguinario animal como una inquietante extensión de sus propias pesadillas, y todavía se tomó un momento para recortarse la barba y afeitarse el bigote y bajo los pómulos. Aquel día iba a necesitar toda su presencia para imponerse a la tripulación. Lo sabía como buen lobo de mar que ha aprendido a leer en las señales que siempre, si se sabe dónde buscarlas, se encuentran a bordo. Los marineros, pensaba, son como libros abiertos para quien ha aprendido a leer en ellos. Gentes de carácter. Supersticiosos. Como él mismo. No podía ser de otra forma, ya que se encontraban constantemente afrontados a las profundidades abisales...

Desde hacía una semana corrían rumores por la cubierta de que había un Jonás en el Pequod. Aquella era la explicación que encontraban tanto marineros como arponeros a la desoladora escasez de cetáceos. La pesca estaba siendo particularmente mala: apenas avistaban ballenas y, cuando por fin siete días atrás consiguieron alcanzar una, esta se revolvió de tal manera que destrozó una de las lanchas y por poco no dejó sepultados en el mar a tres de sus hombres. Suerte tuvieron de que los remos los mantuvieran a flote el tiempo suficiente. Buena suerte, no mala como les quería hacer creer el carpintero, ese cura malogrado que mataba su soledad en alta mar. 

Poco importaba. Desde aquel incidente cualquier nimiedad se había convertido en un funesto presagio. Si las gaviotas se obcecaban en seguir al Pequod aun lejos de tierra firme, seguramente atraídas por el olor de los despojos, era un mal augurio. Si el viento llega racheado y timorato, incapaz de impulsarlos más hacia el oriente alguien leía un futuro de perdición en los cielos. Cuando las ballenas no daban señales de vida era la señal inequívoca de que los perseguía la mala fortuna, siempre un paso por delante. Si daban con una y conseguían darle muerte, de que más les valdría poner proa al primer puerto y exorcizar el navío con agua bendita o la ayuda de algún santero.

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