“Once again...welcome to my house. Come freely. Go safely; and leave something of the happiness you bring.” (Bram Stoker, Dracula)


Thursday, April 24, 2014

Elena Poniatowska: Estado de sitio

Elena Poniatowska


Camino por las grandes avenidas, las anchas superficies negras, las banquetas en las que caben todos y nadie me ve, nadie voltea, nadie me mira, ni uno solo de ellos. Ninguno da la menor señal de reconocimiento. Insisto. Ámenme. Ayúdenme. Sí, todos. Ustedes. Los veo. Trato de imantarlos; nada los retiene, su mirada resbala encima de mí, me borra, soy invisible. Sus ojos evitan detenerse en algo, en cualquier cosa, y yo los miro a todos tan intensamente, los estampo en mi alma, en mi frente; sus rostros me horadan, me acompañan; los pienso, los recreo, los acaricio. Nosotras las mujeres atesoramos los rostros; de hecho, en un momento dado, la vida se convierte en un solo rostro al que podemos tocar con los labios. Ámenme, véanme, aquí estoy. Alerto todas las fuerzas de la vida; quiero traspasar los vidrios de la ventanilla, decir: “Señor, señora, soy yo”, pero nadie, nadie vuelve la cabeza, soy tan lisa como esta pared de enfrente. Debería gritarles: “Su sociedad sin mí sería incompleta, nadie camina como yo, nadie tiene mi risa, mi manera de fruncir la nariz al sonreír, jamás verán a una mujer acodarse en la mesa como lo hago, nadie esconde su rostro dentro de su hombro…señores, señoras, niños, perros, gatos, pobladores del mundo entero, créanme, es la verdad, les hago falta.”

Me gustaría pensar que me oyen pero sé que no es cierto. Nadie me espera. Sin embargo, todos los días tercamente emprendo el camino, salgo a las anchas avenidas, a ese gran desierto íntimo tan parecido al que tengo adentro. Necesito tocarlo, ver con los ojos lo que he perdido, necesito mirar esta negra extensión de chapopote, necesito ver mi muerte.

Wednesday, April 23, 2014

Dino Buzzati: Le mure di Anagoor

Dino buzzati-giovane



Nell'interno del Tibesti una guida indigena mi domandò se per caso volevo vedere le mura della città di Anagoor, lui mi avrebbe accompagnato. Guardai la carta ma la città di Anagoor non c'era. Neppure sulle guide turistiche, che sono così ricche di particolari, vi si faceva cenno.
Io dissi: «Che città è questa che sulle carte geografiche non è segnata?».
Egli rispose: «È una città grande, ricchissima e potente ma sulle carte geografiche non è segnata perché il nostro Governo la ignora, o finge di ignorarla. Essa fa da sé e non obbedisce. Essa vive per conto suo e neppure i ministri del re possono entrarvi. Essa non ha commercio alcuno con altri paesi, prossimi o lontani. Essa è chiusa. Essa vive da secoli entro la cerchia delle sue solide mura. E il fatto che nessuno ne sia mai uscito non significa forse che vi si vive felici?».
«Le carte» io insistetti «non registrano nessuna città di nome Anagoor, ciò fa supporre che sia una delle tante leggende di questo paese; tutto dipende probabilmente dai miraggi che il riverbero del deserto crea, nulla di più.»
«Ci conviene partire due ore prima dell'alba» disse la guida indigena che si chiamava Magalon, come se non avesse udito. «Con la tua macchina, signore, arriveremo in vista di Anagoor verso mezzodì. Verrò a prenderti alle tre del mattino, mio signore.»
«Una città come quella che tu dici sarebbe registrata sulle carte con un doppio cerchio e il nome in tutto stampatello. Invece non trovo alcun riferimento a una città di nome Anagoor, la quale evidentemente non esiste. Alle tre sarò pronto, Magalon.»
Coi fari accesi alle tre del mattino si partì in direzione pressappoco sud sulle piste del deserto e mentre fumavo una sigaretta dopo l'altra con la speranza di scaldarmi vidi alla mia sinistra illuminarsi l'orizzonte e subito venne fuori il sole che si mise a battere il deserto finché fu tutto caldo e tremolante, tanto che si vedevano laghi e paludi intorno, in cui si riflettevano le rocce con precisione di contorni, ma di acqua non c'era in verità neanche un secchiello, soltanto sabbia e sassi incandescenti.
Ma la macchina con estrema buona volontà correva e alle 11,37 in punto Magalon che mi sedeva al fianco disse:

Monday, April 21, 2014

Emiliano González: La herencia de Cthulhu

Emiliano González


I: El museo

Hay sacramentos del Mal a nuestro alrededor
ARTHUR MACHEN

Dos leyendas circulan en torno al Museo del Chopo. La primera nos habla de una ciudad espantosa construida alrededor de este bello Templo (que alguna vez alojó a una orden hermética llamada "La Cruz Resplandeciente", integrada por masones defraudados y altivos rosacruces) con el propósito de, llegado el día, poder tragárselo vivo: un gran monstruo de concreto gris engullendo a una pequeña, pero espléndida, quimera de hierro verde. La idea de una ciudad construida para destruir a la belleza sigue dotando a mis pensamientos de una cierta melancolía que la segunda leyenda, opuesta radicalmente a la primera, esfuma de inmediato. Se refiere también a un Templo, pero esta vez consagrado al oscuro ritual de la diosa Cibeles, ignorado sobreviviente de los horrores de la Inquisición, destinado a convertir, una vez que haya signos propicios en el cielo, a la gran ciudad que lo rodea en un gran sucedáneo del Templo: una pequeña quimera de hierro verde extendiendo su roña iniciática hasta sustituir con el suyo el parco estilo del gran monstruo de concreto y reclutar a sus habitantes, que hasta entonces no han sido otra cosa que autómatas, entre los adeptos a un culto cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Ambas leyendas, divulgadas seguramente por jóvenes aficionados a las ciencias ocultas, me satisfacen sólo hasta cierto punto, pues entreveo, en esa mortificación del hierro, en ese cúmulo de incipientes gárgolas de utilería, al Gaudí primigenio, que construye un templo, sí, pero no un templo real, humano, sino una siniestra farsa, una burla cósmica de los templos que construyen los hombres, y es que, ante ciertas edificaciones providenciales, el hombre sabe reconocer la escritura blasfema que difamará para siempre su memoria.
También hay quienes, en un afán de armonía general, quieren aliviarnos un poco diciendo: tanta belleza reunida en tan pequeño apéndice de tan enorme monstruo termina por opacar la fealdad del conjunto, pero desgraciadamente esta hipótesis, aunque romántica, es falsa: ninguna estrella, por luminosa que sea, nos hace olvidar la noche que la contiene.

Saturday, April 19, 2014

Hugh Walpole: Mrs. Lunt

Hugh Walpole


I

'Do you believe in ghosts?' I asked Runciman. I had to ask him this very platitudinous question more because he was so difficult a man to spend an hour with than for any other reason. You know his books, perhaps, or more probably you don't know them--The Running Man, The Elm Tree, and Crystal and Candlelight. He is one of those little men who are constant enough in this age of immense over-production of books, men who publish every autumn their novel, who arouse by that publication in certain critics eager appreciation and praise, who have a small and faithful public, whose circulation is very small indeed, who when you meet them have little to say, are often shy and nervous, pessimistic and remote from daily life. Such men do fine work, are made but little of in their own day, and perhaps fifty years after their death are rediscovered by some digging critic and become a sort of cult with a new generation.

I asked Runciman that question because, for some unknown reason, I had invited him to dinner at my flat, and was now faced with a long evening filled with that most tiresome of all conversations, talk that dies every two minutes and has to be revived with terrific exertions. Being myself a critic, and having on many occasions praised Runciman's work, he was the more nervous and shy with me; had I abused it, he would perhaps have had plenty to say--he was that kind of man. But my question was a lucky one: it roused him instantly, his long, bony body became full of a new energy, his eyes stared into a rich and exciting reminiscence, he spoke without pause, and I took care not to interrupt him. He certainly told me one of the most astounding stories I have ever heard. Whether it was true or not I cannot, of course, say: these ghost stories are nearly always at second or third hand. I had, at any rate, the good fortune to secure mine from the source. Moreover, Runciman was not a liar: he was too serious for that. He himself admitted that he was not sure, at this distance of time, as to whether the thing had gained as the years passed. However, here it is as he told it.

Friday, April 18, 2014

Gabriel García Márquez: El último viaje del buque fantasma

Gabriel García Márquez por Alejandro Cabeza
Gabriel García Márquez por Alejandro Cabeza


Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces v sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto, hasta que algo debió fallar en sus agujas de orientación, porque derivó hacia los escollos, tropezó, saltó en pedazos y se hundió sin un solo ruido, aunque semejante encontronazo con los arrecifes era para producir un fragor de hierros y una explosión de máquinas que helaran de pavor a los dragones más dormidos en la selva prehistórica que empezaba en las últimas calles de la ciudad y terminaba en el otro lado del mundo, así que él mismo creyó que era un sueño, sobre todo al día siguiente, cuando vio el acuario radiante de la bahía, el desorden de colores de las barracas de los negros en las colinas del puerto, las goletas de los contrabandistas de las Guayanas recibiendo su cargamento de loros inocentes con el buche lleno de diamantes, pensó, me dormí contando las estrellas y soñé con ese barco enorme, claro, quedó tan convencido que no se lo contó a nadie ni volvió a acordarse de la visión hasta la misma noche del marzo siguiente, cuando andaba buscando celajes de delfines en el mar y lo que encontró fue el trasatlántico ilusorio, sombrío, intermitente, con el mismo destino equivocado de la primera vez, sólo que él estaba entonces tan seguro de estar despierto que corrió a contárselo a su madre, y ella pasó tres semanas gimiendo de desilusión, porque se te está pudriendo el seso de tanto andar al revés, durmiendo de día y aventurando de noche como la gente de mala vida, y como tuvo que ir a la ciudad por esos días en busca de algo cómodo en que sentarse a pensar en el marido muerto, pues a su mecedor se le habían gastado las balanzas en once años de viudez, aprovechó la ocasión para pedirle al hombre del bote que se fuera por los arrecifes de modo que el hijo pudiera ver lo que en efecto vio en la vidriera del mar, los amores de las mantarayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo, seguro, sin saber que ya lo único seguro que había en su porvenir era una poltrona de los tiempos de Francis Drake que compró en un remate de turcos, en la cual se sentó a descansar aquella misma noche, suspirando, mi pobre Holofernes, si 

Thursday, April 17, 2014

Antón Chéjov ( Антон Чехов ): Sleepy ( Спать хочется )

Antón Chéjov


Ночь. Нянька Варька, девочка лет тринадцати, качает колыбель, в которой лежит ребенок, и чуть слышно мурлычет:
Баю-баюшки-баю,
А я песенку спою...
Перед образом горит зеленая лампадка; через всю комнату от угла до угла тянется веревка, на которой висят пеленки и большие черные панталоны. От лампадки ложится на потолок большое зеленое пятно, а пеленки и панталоны бросают длинные тени на печку, колыбель, на Варьку... Когда лампадка начинает мигать, пятно и тени оживают и приходят в движение, как от ветра. Душно. Пахнет щами и сапожным товаром.
Ребенок плачет. Он давно уже осип и изнемог от плача, но всё еще кричит и неизвестно, когда он уймется. А Варьке хочется спать. Глаза ее слипаются, голову тянет вниз, шея болит. Она не может шевельнуть ни веками, ни губами, и ей кажется, что лицо ее высохло и одеревенело, что голова стала маленькой, как булавочная головка.
— Баю-баюшки-баю, — мурлычет она, — тебе кашки наварю...
В печке кричит сверчок. В соседней комнате, за дверью, похрапывают хозяин и подмастерье Афанасий... Колыбель жалобно скрипит, сама Варька мурлычет — и всё это сливается в ночную, убаюкивающую музыку, которую так сладко слушать, когда ложишься в постель. Теперь же эта музыка только раздражает и гнетет, потому что она вгоняет в дремоту, а спать нельзя; если Варька, не дай бог, уснет, то хозяева прибьют ее.
Лампадка мигает. Зеленое пятно и тени приходят в движение, лезут в полуоткрытые, неподвижные глаза Варьки и в ее наполовину уснувшем мозгу складываются в туманные грезы. Она видит темные облака, которые гоняются друг за другом по вебу и кричат, как ребенок. Но вот подул ветер, пропали облака, и Варька видит широкое шоссе, покрытое жидкою грязью; по шоссе тянутся обозы, плетутся люди с котомками на спинах, носятся взад и вперед какие-то тени; по обе стороны сквозь холодный, суровый туман видны леса. Вдруг люди с котомками и тени надают на землю в жидкую грязь. — «Зачем это?» — спрашивает Варька. — «Спать, спать!» — отвечают ей. И они засыпают крепко, спят сладко, а на телеграфных проволоках сидят вороны и сороки, кричат, как ребенок, и стараются разбудить их.
— Баю-баюшки-баю, а я песенку спою... — мурлычет Варька и уже видит себя в темной, душной избе.
На полу ворочается ее покойный отец Ефим Степанов. Она не видит его, но слышит, как он катается от боли по полу и стонет. У него, как он говорит, «разыгралась грыжа». Боль так сильна, что он не может выговорить ни одного слова и только втягивает в себя воздух и отбивает зубами барабанную дробь:

Wednesday, April 16, 2014

Edgar Allan Poe: Loss of Breath


Edgar Allan Poe


THE MOST notorious ill-fortune must in the end yield to the untiring courage of philosophy-as the most stubborn city to the ceaseless vigilance of an enemy. Shalmanezer, as we have it in holy writings, lay three years before Samaria; yet it fell. Sardanapalus-see Diodorus-maintained himself seven in Nineveh; but to no purpose. Troy expired at the close of the second lustrum; and Azoth, as Aristaeus declares upon his honour as a gentleman, opened at last her gates to Psammetichus, after having barred them for the fifth part of a century....

"Thou wretch!-thou vixen!-thou shrew!" said I to my wife on the morning after our wedding; "thou witch!-thou hag!-thou whippersnapper-thou sink of iniquity!-thou fiery-faced quintessence of all that is abominable!-thou-thou-" here standing upon tiptoe, seizing her by the throat, and placing my mouth close to her ear, I was preparing to launch forth a new and more decided epithet of opprobrium, which should not fail, if ejaculated, to convince her of her insignificance, when to my extreme horror and astonishment I discovered that I had lost my breath.

The phrases "I am out of breath," "I have lost my breath," etc., are often enough repeated in common conversation; but it had never occurred to me that the terrible accident of which I speak could bona fide and actually happen! Imagine-that is if you have a fanciful turn-imagine, I say, my wonder-my consternation-my despair!

There is a good genius, however, which has never entirely deserted me. In my most ungovernable moods I still retain a sense of propriety, et le chemin des passions me conduit-as Lord Edouard in the "Julie" says it did him-a la philosophie veritable.

Although I could not at first precisely ascertain to what degree the occurence had affected me, I determined at all events to conceal the matter from my wife, until further experience should discover to me the extent of this my unheard of calamity. Altering my countenance, therefore, in a moment, from its bepuffed and distorted appearance, to an expression of arch and coquettish benignity, I gave my lady a pat on the one cheek, and a kiss on the other, and without saying one syllable (Furies! I could not), left her astonished at my drollery, as I pirouetted out of the room in a Pas de Zephyr.

Tuesday, April 15, 2014

Víctor Juan Guillot: El vampiro

Víctor Juan Guillot


Comieron junto en el coche-comedor y salieron a fumar un cigarro en la plataforma. El hombre se encogió de hombros, sonriendo ligeramente, cuando Aliaga le recordó que infringían una disposición de la empresa; agregó algo como que existía en la vida un conjunto de leyes y reglamentaciones, que, como los cercados demasiado bajos, sólo sirven para dar a ciertos actos los incentivos de lo vedado. Hablaba con desdeñosa frialdad, alzando el labio superior de una manera particular, que dejaba ver la blancura de agudos incisivos. Aliaga lo había conocido en el Retiro, mediante la presentación de un conocido común, al tomar entrambos el nocturno de Santa Fe. No había oído claramente el apellido, sonaba como Cortínez o Martínez y otra cosa. Uno de esos nombres que dicen poco, en fin.

El tren rodaba rápidamente a través de campos obscuros y silenciosos. La noche era serena y fresa y en el azul tenebroso el cielo, las estrellas brillaban altísimas, como profundizadas en el firmamento. Fumaban en silencio; Aliaga convenía consigo mismo en que los cigarros del amigo eran excelentes. Había comido con buen apetito y se sentía inclinado a preparar calmosamente el sueño de la noche.

El tren pasó sin detenerse por frente a una estación rural y los fanales del andén iluminaron fugazmente el semblante de su mudo compañero. Aliaga tuvo un sobresalto y miró, sorprendido. Falacia de la luz sería, pero el caso es que el hombre tenía una cara inquietante. No se explicó Aliaga cómo no había reparado antes en aquel semblante alargado, – parece estirado artificialmente, pensó – donde los ojos pequeños y fríos fulguraban agudamente. En la boca, de labios finos, había un no sé qué de extraño que hizo vibrar secretamente los nervios de Aliaga.

–No es una boca humana, – díjose, iluminado de súbito. – Hay algo que no es humano en ella. Se rió en seguida, silenciosamente, de la ocurrencia. Pero había pensado en los vampiros. De todos modos, en aquella boca había algo de animalidad inferior que infundía sorda desazón en el espíritu.
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