“Once again...welcome to my house. Come freely. Go safely; and leave something of the happiness you bring.” (Bram Stoker, Dracula)


Monday, July 28, 2014

Cristina Fernández Cubas: El lugar

Cristina Fernández Cubas


No hacía ni tres horas que nos habíamos casado. Yo estaba en la cocina preparando un último combinado de mi invención; había oscurecido y los escasos invitados —compañeros de la facultad en su mayoría— hacía rato que se habían retirado. La ceremonia no podía haber sido más sencilla. (Y yo estaba pensando: «Me gusta que haya sido así. Tan sencilla».) Un juez amigo, antiguo profesor nuestro, fue el encargado de casarnos. Y lo hizo deprisa, sin dilaciones ni rodeos, reservándose el discurso emocionado —o aquí entraron quizá los combinados de mi invención— para el momento de las despedidas. «Afortunado», dijo entonces. «Te llevas a Clarisa. Tu mujer, en la vida, llegará muy lejos.» Parecía achispado. Lo digo por eltono de la voz, por el sospechoso balanceo que se empeñaba en disimular, no por sus palabras. Porque yo era el primero en compartir su opinión. En Clarisa se daba —y así lo apreciábamos muchos— una curiosa mezcla de dulzura y tenacidad, de suavidad y firmeza. Un cóctel explosivo, desarmante. Sí, Clarisa, en el trabajo, en la vida, conseguiría cuanto se propusiese. Pero ahora yo no estaba pensando en eso, sino en la boda. «Una ceremonia breve, discreta. Muy a nuestro estilo.» Y de pronto me pareció escuchar un suspiro, un lloriqueo, algo extrañamente parecido al ronroneo de un gato. Un tanto sorprendido, con un vaso en cada mano, salí al comedor.
No había nadie allí, sólo Clarisa. Vestía aún el traje de boda —un traje malva, su color favorito, algo arrugado ya, salpicado de pequeñas motitas de vino—, se había descalzado y ocupaba un sillón de un tono parecido a su vestido. Me apoyé en la pared en silencio, intentando acallar el tintineo de los hielos en los vasos. Nunca la había visto así. Con los ojos entornados, emitiendo aquel murmullo de complacencia.No se sabía dónde acababa su vestido y empezaba el sillón, pero lo mismo se podía afirmar de sus cabellos, de su piel, de los pies descalzos. Tuve la impresión de que Clarisa se había confundido con su entorno, y también que aquella escena iba a permanecer durante mucho tiempo en mi memoria. Clarisa frente a mí. Como si siempre hubiese vestido igual
—con un traje malva algo arrugado, salpicado demanchitas y en el que ahora apreciaba una pequeña rasgadura—, extrañamente acomodada en un sillón que parecía formar parte de sí misma. Y yo junto a la pared,con los combinados en la mano, temeroso de romper la magia del instante. Pero Clarisa había abierto ya los ojos y me miraba con su admirable mezcla de firmeza y
ternura. «Éste es mi hogar», dijo. «Aquí está mi sitio.» Entonces, hipnotizado aún, no podía ni imaginar el verdadero alcance de sus palabras.

Saturday, July 26, 2014

Rudyard Kipling: The Man Who Would Be King

Rudyard Kipling



"Brother to a Prince and fellow to a beggar if he be found worthy."

The Law, as quoted, lays down a fair conduct of life, and one not easy to follow. I have been fellow to a beggar again and again under circumstances which prevented either of us finding out whether the other was worthy. I have still to be brother to a Prince, though I once came near to kinship with what might have been a veritable King, and was promised the reversion of a Kingdom—army, law-courts, revenue, and policy all complete. But, to-day, I greatly fear that my King is dead, and if I want a crown I must go hunt it for myself.

The beginning of everything was in a railway-train upon the road to Mhow from Ajmir. There had been a Deficit in the Budget, which necessitated travelling, not Second-class, which is only half as dear as First-Class, but by Intermediate, which is very awful indeed. There are no cushions in the Intermediate class, and the population are either Intermediate, which is Eurasian, or native, which for a long night journey is nasty, or Loafer, which is amusing though intoxicated. Intermediates do not buy from refreshment-rooms. They carry their food in bundles and pots, and buy sweets from the native sweetmeat-sellers, and drink the roadside water. This is why in hot weather Intermediates are taken out of the carriages dead, and in all weathers are most properly looked down upon.

My particular Intermediate happened to be empty till I reached Nasirabad, when the big black-browed gentleman in shirt-sleeves entered, and, following the custom of Intermediates, passed the time of day. He was a wanderer and a vagabond like myself, but with an educated taste for whisky. He told tales of things he had seen and done, of out-of-the-way corners of the Empire into which he had penetrated, and of adventures in which he risked his life for a few days' food.

"If India was filled with men like you and me, not knowing more than the crows where they'd get their next day's rations, it isn't seventy millions of revenue the land would be paying—it's seven hundred millions," said he; and as I looked at his mouth and chin I was disposed to agree with him.

We talked politics,—the politics of Loaferdom that sees things from the under side where the lath and plaster is not smoothed off,—and we talked postal arrangements because my friend wanted to send a telegram back from the next station to Ajmir, the turning-off place from the Bombay to the Mhow line as you travel westward. My friend had no money beyond eight annas which he wanted for dinner, and I had no money at all, owing to the hitch in the Budget before mentioned. Further, I was going into a wilderness where, though I should resume touch with the Treasury, there were no telegraph offices. I was, therefore, unable to help him in any way.

"We might threaten a Station-master, and make him send a wire on tick," said my friend, "but that'd mean inquiries for you and for me, and I've got my hands full these days. Did you say you were travelling back along this line within any days?"

Friday, July 25, 2014

Salomé Guadalupe Ingelmo: Babilonia debe caer

Samaritana_Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo por Alejandro Cabeza
Samaritana, Retrato de Salomé Guadalupe Ingelmo por Alejandro Cabeza


No creáis nada por el simple hecho de que muchos lo crean o finjan que lo creen; creedlo después de someterlo al dictamen de la razón y a la voz de la conciencia.
Buda

La diferencia entre un esclavo y un ciudadano
es que el ciudadano puede preguntarse por su vida y cambiarla.
Alejandro Gándara


Cuando el teniente O’neal entra en el cubículo de la capitán Jenkins, la encuentra entretenida practicando su deporte favorito: infligirse cortes en la cara interna del antebrazo, en la carne tierna cubierta por una delicada piel de alabastro casi translúcida, que revela el trazado de sus venas. Una piel que él ha besado en alguna ocasión.
La teniente, que maneja la cuchilla con la maestría del experto, observa fascinada cómo la sangre brota de cada nuevo corte. Aunque todos son pequeños, se vuelven cada vez más profundos. Está tan enfrascada en su tarea que ni siquiera le oye entrar.
―Perdón, capitán. He llamado a la puerta, pero quizá no me haya oído ―dice incómodo.
Mientras habla se esfuerza por no mirar el brazo surcado de viejas cicatrices, costras y heridas frescas. Aunque la autolesión es una práctica frecuente entre los soldados y la población civil, y él mismo ha recurrido a ella en alguna ocasión, no soporta la idea de que la capitán desfigure ese cuerpo perfecto innecesariamente. Pero sobre todo le preocupa que la frecuencia y regularidad con la que disfruta de su pasatiempo sea indicio de un desequilibrio mental incurable.
A todos, en la base y en el resto de la ciudad ―y por cuanto él sabe también en el resto de ciudades de la Confederación y en todo el mundo―, se les suministran los mismos fármacos para combatir la angustia y mantener a raya las fobias y manías. Sin embargo ha tenido oportunidad de escuchar retazos de conversaciones susurradas entre los doctores de su regimiento, y así ha descubierto que algunos individuos no responden positivamente al tratamiento. El desajuste entre el mundo en el que viven y el mundo en el que desearían vivir es tal que no lo soportan, y reaccionan aumentando su grado de agresividad. Aunque el teniente O’neal carece de formación médica, deduce que esa circunstancia ha de verse agravada en el caso de la capitán. Pues los militares, a diferencia de la población civil, no toman regularmente inhibidores de la agresividad. De hecho, a quienes son enviados a las fronteras más conflictivas, se les suministran potenciadotes de la misma durante las semanas previas a su partida.
―No se preocupe, teniente ―la mujer abandona su tarea pausadamente, sin dar muestra alguna de pudor. No parece considerar su hábito un signo de debilidad. O, si lo hace, no le importa revelarse débil ante el capitán. Se siente cómoda con él. Y eso es algo que no le sucede con el resto de compañeros con los que se acuesta. 
El ejército no permite que sus integrantes tengan pareja estable ni hijos ―incluso reduce los encuentros con los padres y familiares estrechos al mínimo indispensable―, aunque ve con buenos ojos las relaciones entre los soldados siempre que sean esporádicas y de naturaleza puramente física. Se fomentan los encuentros anónimos, guiados por la urgencia de los impulsos sexuales, pero se persigue y castiga severamente cualquier comportamiento sospechoso de romanticismo. No obstante el teniente le resulta muy estimulante. Tanto que a menudo irrumpe en sus sueños a pesar de los supresores químicos de la actividad onírica y del Supervisor del Sueño. No importa el contenido programado por los doctores ni la potencia a la que regulen el aparato. Los electrodos que colocan en su cabeza no logran evitar que él reaparezca cada noche. Incluso cuando está despierta, se convierte en protagonista de sus fantasías. Y a pesar de los riesgos que ello entraña, ha de reconocer que no está dispuesta a renunciar a ese pequeño placer. 

Neil Gaiman: Troll Bridge

Neil Gaiman



THEY PULLED UP MOST of the railway tracks in the early sixties, when I was three or four. They
slashed the train services to ribbons. This meant that there was nowhere to go but London, and the little town where I lived became the end of the line.
My earliest reliable memory: eighteen months old, my mother away in hospital having my sister, and my grandmother walking with me down to a bridge, and lifting me up to watch the train below, panting and steaming like a black iron dragon.
Over the next few years they lost the last of the steam trains, and with them went the network of railways that joined village to village, town to town.
I didn’t know that the trains were going. By the time I was seven they were a thing of the past.
We lived in an old house on the outskirts of the town. The fields opposite were empty and fallow. I used to climb the fence and lie in the shade of a small bulrush patch, and read; or if I were feeling more adventurous I’d explore the grounds of the empty manor beyond the fields. It had a weed-clogged ornamental pond, with a low wooden bridge over it. I never saw any groundsmen or caretakers in my forays through the gardens and woods, and I never attempted to enter the manor. That would have been courting disaster, and, besides, it was a matter of faith for me that all empty old houses were haunted.
It is not that I was credulous, simply that I believed in all things dark and dangerous. It was part of my young creed that the night was full of ghosts and witches, hungry and flapping and dressed completely in black.
The converse held reassuringly true: daylight was safe. Daylight was always safe.
A ritual: on the last day of the summer school term, walking home from school, I would remove my shoes and socks and, carrying them in my hands, walk down the stony flinty lane on pink and tender feet.
During the summer holiday I would put shoes on only under duress. I would revel in my freedom from footwear until school term began once more in September.
When I was seven I discovered the path through the wood. It was summer, hot and bright, and I
wandered a long way from home that day.
I was exploring. I went past the manor, its windows boarded up and blind, across the grounds, and through some unfamiliar woods. I scrambled down a steep bank, and I found myself on a shady path that was new to me and overgrown with trees; the light that penetrated the leaves was stained green and gold, and I thought I was in fairyland.
A little stream trickled down the side of the path, teeming with tiny, transparent shrimps. I picked them up and watched them jerk and spin on my fingertips. Then I put them back.
I wandered down the path. It was perfectly straight, and overgrown with short grass. From time to time I would find these really terrific rocks: bubbly, melted things, brown and purple and black. If you held them up to the light you could see every color of the rainbow. I was convinced that they had to be extremely valuable, and stuffed my pockets with them.
I walked and walked down the quiet golden-green corridor, and saw nobody.
I wasn’t hungry or thirsty. I just wondered where the path was going. It traveled in a straight line, and was perfectly flat. The path never changed, but the countryside around it did. At first I was walking along the bottom of a ravine, grassy banks climbing steeply on each side of me. Later, the path was above everything, and as I walked I could look down at the treetops below me, and the roofs of the occasional distant houses. My path was always flat and straight, and I walked along it through valleys and plateaus, valleys and plateaus. And eventually, in one of the valleys, I came to the bridge.

Thursday, July 24, 2014

Francisco Tario: Ragú de tenera

Francisco Tario



—Prosiga usted —indicó el eminente médico, sin dejar de balancear una pierna ni quitarle ojo a aquel hombre que tenía ante su mesa, y el cual deseaba informarse si, desde el punto de vista cínico, existía alguna probabilidad de salvarse de la horca, por el feo y sucio delito de haberse devorado impunemente a un rollizo niño de pecho.

El antropófago —que ocupaba por esos días las principales páginas de los periódicos— acababa de facilitarle al doctor sus datos personales: tenía cincuenta años, era casado, sin hijos, representaba una firma de productos químicos y medía un metro setenta. Según podría demostrarlo, había sido, en general, una persona cordial y pacífica y se le estimaba en todas partes como hombre honesto y caritativo. Disfrutaba de una cómoda posición económica y ocasionalmente efectuaba breves viajes al extranjero, relacionados con su profesión. El doctor había tomado buena nota de todo ello, siempre sin dejar de balancear una pierna, y solicitaba ahora de su cliente que iniciara el relato. Ni uno ni otro parecían alterados en lo más mínimo, sino más bien interesados en lo que cada cual hacía o hablaba, como si la cuestión se circunscribiese simplemente a comprobar si les agradaban o no las mismas flores, los mismos platos, o bien si coincidían ambos en sus apreciaciones sociales y políticas.

Como la pausa se prolongara más de lo debido, el doctor repitió con gesto amable:

—Prosiga.

Obedeció su cliente, revelando que la primera señal de todo aquello había sido tan intrascendente y simple, que aun hoy se preguntaba cómo le resultaba posible recordarla. Había tenido lugar en un autobús, momentos antes de llegar a su casa. Se había puesto de pie y había sufrido un mareo, un leve vértigo sin importancia, aunque seguido de una rara ofuscación que le había impulsado a dirigirse, primero al conductor del vehículo y después al revisor, con objeto de estrecharles la mano y despedirse de ellos cortésmente. En seguida se había apeado —y esto fue lo más penoso, de-cía— entre las risas de los pasajeros, que no dejaron de mirarle por las ventanillas hasta que se perdió de vista. No obstante, unos días más tarde, le aconteció lo que él ya consideraba el primer indicio grave. Le habían repetido el mareo y la propia ofuscación en el instante preciso en que se disponía a cruzar una calle. Repentinamente tuvo la impresión de que el piso cedía bajo sus pies y que él comenzaba a sumergirse a toda prisa entre las aguas de un río. Comprendió al punto —afirmaba ahora— que sería menester lanzar-se a nado, so pena de morir ahogado en el acto. Así lo hizo, y aún tenía muy presente la zozobra con que alcanzó la otra orilla y se sentó después sobre el pavimento, mientras los transeúntes le rodeaban curiosamente para informarse de lo que ocurría. Aquí el doctor le interrumpió con objeto de preguntarle si tenía una idea aproximada acerca de lo que le había provocado el vértigo. Concretamente, si, por casualidad, tanto en el autobús como al lanzarse a nado, no había visto por alguna parte el cochecito de un niño.

Tuesday, July 22, 2014

Ambrose Bierce: The Haunted Valley

Ambrose Bierce


I - HOW TREES ARE FELLED IN CHINA

A half-mile north from Jo. Dunfer’s, on the road from Hutton’s to Mexican Hill, the highway dips into a sunless ravine which opens out on either hand in a half-confidential manner, as if it had a secret to impart at some more convenient season. I never used to ride through it without looking first to the one side and then to the other, to see if the time had arrived for the revelation. If I saw nothing - and I never did see anything - there was no feeling of disappointment, for I knew the disclosure was merely withheld temporarily for some good reason which I had no right to question. That I should one day be taken into full confidence I no more doubted than I doubted the existence of Jo. Dunfer himself, through whose premises the ravine ran.

It was said that Jo. had once undertaken to erect a cabin in some remote part of it, but for some reason had abandoned the enterprise and constructed his present hermaphrodite habitation, half residence and half groggery, at the roadside, upon an extreme corner of his estate; as far away as possible, as if on purpose to show how radically he had changed his mind.

This Jo. Dunfer - or, as he was familiarly known in the neighborhood, Whisky Jo. - was a very important personage in those parts. He was apparently about forty years of age, a long, shock-headed fellow, with a corded face, a gnarled arm and a knotty hand like a bunch of prison-keys. He was a hairy man, with a stoop in his walk, like that of one who is about to spring upon something and rend it.

Next to the peculiarity to which he owed his local appellation, Mr. Dunfer’s most obvious characteristic was a deep-seated antipathy to the Chinese. I saw him once in a towering rage because one of his herdsmen had permitted a travel-heated Asian to slake his thirst at the horse-trough in front of the saloon end of Jo.’s establishment. I ventured faintly to remonstrate with Jo. for his unchristian spirit, but he merely explained that there was nothing about Chinamen in the New Testament, and strode away to wreak his displeasure upon his dog, which also, I suppose, the inspired scribes had overlooked.

Some days afterward, finding him sitting alone in his barroom, I cautiously approached the subject, when, greatly to my relief, the habitual austerity of his expression visibly softened into something that I took for condescension.

“You young Easterners,” he said, “are a mile-and-a-half too good for this country, and you don’t catch on to our play. People who don’t know a Chileño from a Kanaka can afford to hang out liberal ideas about Chinese immigration, but a fellow that has to fight for his bone with a lot of mongrel coolies hasn’t any time for foolishness.”

Sunday, July 20, 2014

Adela Fernández: La quemazón

Adela Fernández


Cuando entré a avisarle a mi padre que lo buscaban, estaba ahí, junto al fuego, masticando brasas y cantando para agradecer a los dioses los dones poseídos. Interrumpí su canto para decirle que urgentemente necesitaban de su ayuda. Un niño de Chenalhó venía a buscarlo porque su hermano, el más pequeño, estaba enfermo. Tras besar la tierra, que es la manera en que se saluda a un brujo cuando uno va pedirle que intervenga en una curación, le contó que al principio creyeron que el niño se había enfermado por los pecados de su madre. Pero ella, para aliviarlo, ya había comido su propio excremento como se debe hacer en estos casos y aún así el mal no se alejaba. Entonces fue cuando pensaron que no se trataba de los pecados ( que recaen en los niños inocentes para ser purgados por medio de las enfermedades, el dolor o incluso la muerte) sino que tal vez unTi 'bal le había devorado el alma.

Los que tienen el alma fría nada pueden hacer para defenderse de los aires nefastos que vomita la boca del infierno; ni de los Ti 'bales, espíritus que se alimentan del alma dejando a la gente muerta a medias.

Mi padre tiene el alma cálida, protegida por el Señor Sol. Con el fuego que lleva dentro tiene la fuerza suficiente para hacer el bien o el mal. Cuando la mujer de su hermano se metió con otro hombre, mi padre la desnudó y le echó su vaho por todo el cuerpo. Con sólo hacer eso ella ardió y ahora anda toda chamuscada. También lo he visto recobrar las almas. Se pone una máscara con la que invoca al aire, reza la misma palabra con insistencia hasta que se escucha un zumbido. Entonces atrapa en el aire el alma que anda en el aire. El alma es una serpiente tan delgada como un hilo, y cuando mi padre la devuelve al cuerpo del desposeído ésta le entra por la boca con la rapidez del aire.

Se puso su máscara y rezó con insistencia, pero esta vez el aire no trajo nada. Por eso decidió ir a ver al enfermo y partimos a Chenalhó.

Caminamos todo el día y sólo nos detuvimos a beber en el ocaso, cuando el sol se convierte en águila que cae a las entrañas de la tierra. A esta hora, mi padre siempre tiene convulsiones y emite sonidos de águila. Una vez que se calma, come tierra y reza.

Saturday, July 19, 2014

Charles Baudelaire: Le tir et le cimetière

Charles Baudelaire


- A la vue du cimetière, Estaminet. - "Singulière enseigne, - se dit notre promeneur, - mais bien faite pour donner soif! A coup sûr, le maître de ce cabaret sait apprécier Horace et les poètes élèves d'Epicure. Peut-être même connaît-il le raffinement profond des anciens Egyptiens, pour qui il n'y avait pas de bon festin sans squelette, ou sans un emblème quelconque de la brièveté de la vie."
Et il entra, but un verre de bière en face des tombes, et fuma lentement un cigare. Puis, la fantaisie le prit de descendre dans ce cimetière, dont l'herbe était si haute et si invitante, et où régnait un si riche soleil.
En effet, la lumière et la chaleur y faisaient rage, et l'on eût dit que le soleil ivre se vautrait tout de son long sur un tapis de fleurs magnifiques engraissées par la destruction. Un immense bruissement de vie remplissait l'air, - la vie des infiniment petits, - coupé à intervalles réguliers par la crépitation des coups de feu d'un tir voisin, qui éclataient comme l'explosion des bouchons de champagne dans le bourdonnement d'une symphonie en sourdine.
Alors, sous le soleil qui lui chauffait le cerveau et dans l'atmosphère des ardents parfums de la Mort, il entendit une voix chuchoter sous la tombe où il s'était assis. Et cette voix disait: "Maudites soient vos cibles et vos carabines, turbulents vivants, qui vous souciez si peu des défunts et de leur divin repos! Maudites soient vos ambitions, maudits soient vos calculs, mortels impatients, qui venez étudier l'art de tuer auprès du sanctuaire de la Mort! Si vous saviez comme le prix est facile à gagner, comme le but est facile à toucher, et combien tout est néant, excepté la Mort, vous ne vous fatigueriez pas tant, laborieux vivants, et vous troubleriez moins souvent le sommeil de ceux qui depuis longtemps ont mis dans le But, dans le seul vrai but de la détestable vie!"
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