Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Francisco Tario: Entre tus dedos helados

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Preparaba yo, por aquellos días, el último examen de mi carrera y, de ordinario, no me acostaba antes de las tres o las tres y media de la madrugada. Esta vez acababan de sonar las cuatro cuando me metí en la cama. Me sentía rendido por la fatiga y apagué la luz. Inmediatamente después me quedé dormido y empecé a soñar.

Caminaba yo por un espeso bosque durante una noche increíblemente estrellada. Debía de ser el otoño, pues el viento era muy suave y tibio, y caía de los árboles gran cantidad de hojas. En realidad, las hojas eran tan abundantes que me impedían prácticamente avanzar, ya que mis pies se sumergían en ellas y quedaban temporalmente apresados. Tan luego arreciaba el viento, otras nuevas hojas se desprendían de las ramas, formando una densa cortina que yo me esforzaba por apartar. Despedían un fuerte olor a humedad, como si se tratara de hojas muy antiguas que llevasen allí infinidad de años. Llevaba yo varias horas caminando sin que el bosque variara en lo más mínimo, cuando me pareció ver la sombra de un alto edificio, con una sola ventana iluminada. Tenía un tejado muy empinado y una negra chimenea de ladrillo, que se recortaba en el cielo. Casi simultáneamente, escuché a unos perros ladrar. Ladraban todos a un mismo tiempo y sospeché que se me acercaban, aunque no conseguí verlos. A poco los vi venir corriendo por entre los árboles, saltando sobre las hojas. Debían ser no menos de una docena y advertí qué gran esfuerzo llevaban a cabo para no quedar también apresados entre aquellas hojas. Posiblemente estuvieran ya a punto de darme alcance, cuando llegaba yo a la orilla de un viejo estanque, cuyas aguas se mantenían inmóviles. Eran unas aguas pesadas y negras, sobre las cuales se reflejaba la luna. Los perros se detuvieron de pronto, aun-que no cesaron de ladrar. Así transcurrió un tiempo, sin que yo me resolviera a tomar una decisión.

Entonces vi cómo de las aguas del estanque emergían los cuerpos de unos hombres, que me observaron con gran atención. Eran tres. Llevaban puestos sus impermeables y se mantenían muy quietos, con el agua a la cintura. Uno de ellos sostenía en la mano una vela encendida, mientras otro anotaba algo en su libreta. No dejaban de mirarme y comprendí, por su aspecto, que deberían ser policías. Tenían los semblantes muy graves, intensamente iluminados por la luz de la luna. Había un gran silencio alrededor y noté que los perros continuaban allí, a la expectativa. Uno de aquellos hombres —sin duda el jefe de ellos— dio unos pasos hacia la orilla y, apoyándose en el borde del estanque, me preguntó quién era yo, qué buscaba en aquel lugar a semejante hora y de qué modo había conseguido penetrar allí. “Estoy soñando”, le respondí. El hombre no pareció entender lo que yo decía y repetí con fuerza: “Estoy simplemente soñando”. 

E. and H. Heron (pseud. for Katherine and Hesketh Prichard): The story of Yand Manor House



LOOKING through the notes of Mr. Flaxman Low, one sometimes catches through the steel-blue hardness of facts, the pink flush of romance, or more often the black corner of a horror unnameable. The following story may serve as an instance of the latter. Mr. Low not only unravelled the mystery at Yand, but at the same time justified his life-work to M. Thierry, the well-known French critic and philosopher.

At the end of a long conversation, M. Thierry, arguing from his own standpoint as a materialist, had said:

"The factor in the human economy which you call 'soul' cannot be placed."

"I admit that," replied Low. "Yet, when a man dies, is there not one factor unaccounted for in the change that comes upon him? Yes! For though his body still exists, it rapidly falls to pieces, which proves that that has gone which held it together."

The Frenchman laughed, and shifted his ground.

"Well, for my part, I don't believe in ghosts! Spirit manifestations, occult phenomena -- is not this the ashbin into which a certain clique shoot everything they cannot understand, or for which they fail to account?"

"Then what should you say to me, Monsieur, if I told you that I have passed a good portion of my life in investigating this particular ashbin, and have been lucky enough to sort a small part of its contents with tolerable success?" replied Flaxman Low.

"The subject is doubtless interesting -- but I should like to have some personal experience in the matter," said Thierry dubiously.

"I am at present investigating a most singular case," said Low. "Have you a day or two to spare?"

Thierry thought for a minute or more.

"I am grateful," he replied. "But, forgive me, is it a convincing ghost?"

"Come with me to Yand and see. I have been there once already, and came away for the purpose of procuring information from MSS. to which I have the privilege of access, for I confess that the phenomena at Yand lie altogether outside any former experience of mine."

Low sank back into his chair with his hands clasped behind his head -- a favourite position of his -- and the smoke of his long pipe curled up lazily into the golden face of an Isis, which stood behind him on a bracket. Thierry, glancing across, was struck by the strange likeness between the faces of the Egyptian goddess and this scientist of the nineteenth century. On both rested the calm, mysterious abstraction of some unfathomable thought. As he looked, he decided.

"I have three days to place at your disposal."

José Carlos Canalda: Nudismo integral

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Ser comerciante independiente tiene innegables ventajas; no estás sometido al arbitrio ni a los caprichos de nadie y puedes vagar libremente por todos los mundos de la galaxia sin estar sometido a más voluntad que la tuya propia. Para alguien con un carácter tan indómito como el mío, ésta es una bendición del cielo que no cambiaría por nada.

Pero también tiene, no cabe duda, sus inconvenientes, algunos de los cuales resultan ser bastante importantes como para no ser tenidos en cuenta. Y lo peor no son, como pudiera pensarse, las malas rachas que a todos nosotros nos ha tocado atravesar alguna vez. Como es sabido, el descubrimiento repentino de los motores hiperlumínicos provocó una expansión caótica y explosiva de la humanidad que se tradujo en la aparición de multitud de nuevas colonias en mundos vírgenes, cada cual sujeta a su libre albedrío —aún hoy el gobierno de la Tierra es incapaz de domeñar a la mayor parte de ellas— y, en muchas ocasiones, evolucionada según parámetros que cualquier visitante consideraría, como poco, heterodoxos, cuando no decididamente aberrantes. De hecho, la Gran Expansión permitió que todos los grupos sociales minoritarios del planeta madre, que hasta entonces habían vegetado cuando no habían sido abiertamente perseguidos, pudieran poner en pie sus propias y particulares utopías sin que nadie viniera a impedírselo.

Algunos fracasaron, otros fueron reconducidos hacia la normalidad y otros, por último, lograron salir adelante pese a todo pronóstico, consolidando sus peculiares maneras de entender la vida. Esto hizo que la vasta región de la galaxia colonizada por la especie humana, y en especial los mundos más alejados y por ello más a salvo de las corrientes imperialistas que desde hacía mucho dominaban en la Tierra, se convirtiera en un variopinto mosaico de culturas y sociedades capaces, según los casos, de escandalizar hasta al más templado.

Éstos suelen ser también los mundos en los que nuestra actividad es más rentable, ya que al tratarse de planetas aislados —la mayor parte de las veces voluntariamente— de sus vecinos, los comerciantes independientes somos su única fuente de mercancías y suministros provenientes del exterior, amén de los únicos extranjeros tolerados en sus particulares paraísos. En contraprestación, lo único que se nos exige es que respetemos escrupulosamente los tabúes locales, algo que no siempre resulta fácil dado lo estrambótico de sus costumbres.

Éste es precisamente el caso de Edén, un planeta rico en toda clase de materias primas, a la par que ávido de productos manufacturados procedentes del exterior, poblado por los descendientes de una secta religiosa radical que, en su fanatismo, pretendía retornar a las idílicas condiciones de vida que, según ellos, reinaban en el Paraíso Terrenal antes de que Adán y Eva cometieran el nefando Pecado Original. Sus intentos de imitación habían llegado a tal extremo que, argumentando que nuestros primeros padres iban desnudos, se habían convertido por decisión propia en la primera religión nudista integral, prohibiéndose cualquier tipo de vestimenta e incluso la menor pieza de tela capaz de cubrir siquiera una mínima parte del cuerpo. Y esto rezaba, por supuesto, no sólo para los nativos, sino también para los escasos visitantes a los que se les permitía la entrada.

Joaquim Ruyra i Oms: Avís Misteriós

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No sabia pas quina hora era, ni tenia certesa de que fos vespre o matinada; però em semblava que no feia gaire que m'havia llevat. Un ensopiment estrany, pesat, morbós, entorpia el meu cervell. Al mateix temps sentia cert disgust fondo, certa pena aclaparadora; mes no en podia recordar les causes. No em recordava de res, de res absolutament. En va m'esforçava a escorcollar les foscors de la meva imaginació, cercant-hi alguna no ben apagada remembrança. Era inútil. No aconseguia més que augmentar el meu neguit, la meva fonda pena.

El dia era trist. Ensostrava el cel una nuvolada d'un gris fosc, que sols deixava passar una claror esmortuïda.

M'esdevingué la sospita de que estava nevant, i, per assegurar-me'n, vaig sortir a la finestra i escampí per defora la mirada de mos ulls tèrbols. Bella estona vaig haver d'ullejar per assolir el convenciment de que no hi havia neu enlloc. Les meves percepcions eren sordes i penoses. Romanguí contemplant la negror dels boscos, que s'estenia davant meu, i vaig pensar: -Són els boscos de Montnegre. És que sóc al mas.- I, com si no n'estigués ben segur, vaig repetir-me en alta veu: -Sí, sí: sóc al mas Sàbat.

Pensant que tal volta la soledat me corprenia, vaig anar a la recerca de gent. Vaig entrar a la cuina: una cuina gran, negra, fumosa, amb el pis de roca i terrer, i el sostre altíssim i de canyes ensutjades. Allí, sota l'ample vogi acampanat de la xemeneia, vaig veure asseguts en el banc escon el masover i la masovera. Ambdós estaven amb els braços plegats sobre el pit, sense dir-se un mot, seriosos, capbaixos i grocs, molt grocs. Pel moviment quasi imperceptible de sos llavis comprenguí que resaven. ¿Seria un rastre de llàgrimes la lluentor que serpejava per la galta de la masovera? Allí es passava un gran disgust, un disgust que jo el sentia encara que no en recordés els motius.

Mentre examinava aquella escena amb un esporuguiment inexplicable, vaig reparar en el fons d'un passadís la figura esvelta, grave i melangiosa de la meva mare. Tota traspostada i esblanqueïda, la simpàtica dama vingué cap a mi, m'abraçà i estampà en mon front un llarguíssim petó. Sos llavis eren freds com una flor d'aloc mullada per l'aigua-ros del novembre. Sos ulls grossos i serens expressaven una tristesa incomprensible. Jo em posí a plorar en sos braços… mes no sabia pas per què.

-No podem entretenir-nos més- va dir-me a mitja veu. I ambdós sortírem de la casa, i caminàrem… caminàrem… Recordo que no feia un alè de vent. Les fulles seques dels polls i carolines, al rompre's de les branques, queien a plom com ocells morts. ¿A on ens encaminàvem, per la ribera d'aquells torrents solitaris?

Les boscúries s'anaven acostant. Entràrem dins un bagueny rònec, ombradís, poblat de grossos suros vells i esparracats. Era la sureda vella de Montigalà; una sureda improductiva, que no s'era carbonada perquè els carretatges hagueren pujat més que la mercaderia. S'havia deixat que aquells arbres gegantins anessin morint per llur saó, i tal volta feia més d'un segle que malaltejaven. Prou que la coneixia, jo, la sureda vella de Montigalà, paratge paorós, on no havia sentit mai refilar cap moixó ni cantar cap llenyataire. Allí l'aire era humit i estava impregnat de fetors de rescloïment i de floridura, semblants a les que es perceben en una cambra habitada per miserables.

Edward Frederic Benson: Monkeys

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Dr. Hugh Morris, while still in the early thirties of his age, had justly earned for himself the reputation of being one of the most dexterous and daring surgeons in his profession, and both in his private practice and in his voluntary work at one of the great London hospitals his record of success as an operator was unparalleled among his colleagues. He believed that vivisection was the most fruitful means of progress in the science of surgery, holding, rightly or wrongly, that he was justified in causing suffering to animals, though sparing them all possible pain, if thereby he could reasonably hope to gain fresh knowledge about similar operations on human beings which would save life or mitigate suffering; the motive was good, and the gain already immense. But he had nothing but scorn for those who, for their own amusement, took out packs of hounds to run foxes to death, or matched two greyhounds to see which would give the death-grip to a single terrified hare: that, to him, was wanton torture, utterly unjustifiable. Year in and year out, he took no holiday at all, and for the most part he occupied his leisure, when the day's work was over, in study.

He and his friend Jack Madden were dining together one warm October night at his house looking on to Regent's Park. The windows of his drawing-room on the ground-floor were open, and they sat smoking, when dinner was done, on the broad window-seat. Madden was starting next day for Egypt, where he was engaged in archæological work, and he had been vainly trying to persuade Morris to join him for a month up the Nile, where he would be engaged throughout the winter in the excavation of a newly-discovered cemetery across the river from Luxor, near Medinet Habu. But it was no good.

"When my eye begins to fail and my fingers to falter," said Morris, "it will be time for me to think of taking my ease. What do I want with a holiday? I should be pining to get back to my work all the time. I like work better than loafing. Purely selfish."

"Well, be unselfish for once," said Madden. "Besides, your work would benefit. It can't be good for a man never to relax. Surely freshness is worth something."

"Precious little if you're as strong as I am. I believe in continual concentration if one wants to make progress. One may be tired, but why not? I'm not tired when I'm actually engaged on a dangerous operation, which is what matters. And time's so short. Twenty years from now I shall be past my best, and I'll have my holiday then, and when my holiday is over, I shall fold my hands and go to sleep for ever and ever. Thank God, I've got no fear that there's an after-life. The spark of vitality that has animated us burns low and then goes out like a windblown candle, and as for my body, what do I care what happens to that when I have done with it? Nothing will survive of me except some small contribution I may have made to surgery, and in a few years' time that will be superseded. But for that I perish utterly."

Madden squirted some soda into his glass.

"Well, if you've quite settled that—" he began.

"I haven't settled it, science has," said Morris. "The body is transmuted into other forms, worms batten on it, it helps to feed the grass, and some animal consumes the grass. But as for the survival of the individual spirit of a man, show me one tittle of scientific evidence to support it. Besides, if it did survive, all the evil and malice in it must surely survive too. Why should the death of the body purge that away? It's a nightmare to contemplate such a thing, and oddly enough, unhinged people like spiritualists want to persuade us for our consolation that the nightmare is true. But odder still are those old Egyptians of yours, who thought that there was something sacred about their bodies, after they were quit of them. And didn't you tell me that they covered their coffins with curses on anyone who disturbed their bones?"

Ánxel Fole: ¡Viña do alén!

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Fora na feira de Rubián. Entón adicábame a mercar e vender gado. Ganabahastra vinte pesos por semá tratando nos bois... Era polo mes de xaneiro. Xa asaran os Reises.
Eu i outros tratantes xantáramos en cas do Tumbarán. Bon xantar, e que Dios nono-lo dea pior. Chourizos con cachelos e viño de Lor. Eramos catro: o Chinchas, Pelandrusco, o Fogueteiro i eu. Come que come, bebe que bebe, xoga que xoga. O Pelandrusco chegounos a melar un tras outro. Esquencinme de decirlles que xogábamos nun cuarto do piso. Xa vendéramos todo o gado que trouguéramos. Pechámo-la porta tras nós; e xa comprenderán por qué. Ondia hai cartos hai que ter moito procuro. Non coiden que é unha broma. Bueno ... Veña un trago ... Alí había un home ... Non sei que cousa de raro lle atopaba ó seu vestido. Dende logo, non era xa do noso tempo. Levaba unha chaqueta de pana moura ribeteada de alpaca ... Aínda traguía unha asín a muller de don Ánguele, o boticario de Bóveda. I unha camisa almidonada ... Déixenme acordare. Un chaleque color tabaco. E antiparras. Era un home que tería sesenta anos pouco máis ou menos. E parecía home de carreira. Coma todos nós, estaba coas cartas na man. Non daba fala. Dábame medo ... E moito máis me deu.
Iba un tute, mais outramente non sei quen ganaba. O Chinchas remataba de cantare as coarenta, berrando moi forte; o Fogueteiro petaba co puño na mesa; eu... eu erguía a testa pra fitar aquil home ... Xa non estaba alí! Ollei pra un lado e pra outro. Nada. Nin que o levara o demo. Abofé que non me sentía ben. Non poiden menos de pedirlles ós meus compañeiros que deixasen de xogare: 
-Non víchedes un home xa vello, de chaqueta moura, un case nada rabena, que estaba xogando cara min, co correlo prá porta? Con quen de vós veu? Fai un intre que desapareceu, i eu non sentín abri-la porta. Quen o viu marchar? Naide o vira, ou naide reparara nil. Puxéronse todos a conta-los cartos.
Despois de moitas contas parecía que non faltaban nin dous reás.
Erguinme. A xanela i a porta estaban pechadas. Non entendía aquilo. Mais cando din a volta pra me volver a sentare, ollei pra un gran retrato de marco doirado que estaba na parede, á esquerda da xanela. Era igoaliño! Ó fixarme nil sentín unha friaxe no carreguizo, coma cando soupera, faguía moitos anos, que me tocaba fague-lo servicio na terra de mouros. Todos calaban. Ouvín a voz do Pelandrusco:
-Esquence iso. Debéronte ameigar cando saliches da casa. Así Dios me salve.
Mais eu non estaba pra risas. Aquil home era o do cuadro! Boteime fóra, e fun busca-lo Tumbarón á taberna, que estaba no baixo. Moitos feirantes había nila.
O taberneiro i as súas fillas despachaban cafeses, copas, vasos, pantrigo, queixo ... Eu debía estar moi pálido, porque o Tumbarón perguntoume:
-E que che pasa? Vaiche mal?Queres unha copiña de augardente de herbas? Éche moi boa pra os males súpetos.

Ricardo Acevedo Esplugas - Salomé Guadalupe Ingelmo: Impedimento non mi piega


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Medita el mono
a lo largo de la noche
¿Cómo atrapar la luna?
Masaoka Shiki


Haga usted algo, doctor ‒le ruega Leocadia a Arrieta‒. Va cada día a peor. Ahora, además de estas figuras repulsivas de las paredes, dibuja mozos con alas en los papeles. Se ha significado tanto y es tan difícil la relación con la corte… Imágenes del demonio... Quién sabe lo que podría pensar la Santa Inquisición si las vieran.

Está bonita esta noche, ¿verdad? ‒señala fascinado a la luna‒. A usted se lo cuento, Arrieta, porque, además de amigo, es hombre de ciencia. Sabrá entenderlo. Todo visionario parece loco a los ojos de este mundo podrido que prohíbe soñar. Pero yo no pretendo un pueril juguete, un ingenio con el que revolotear sobre este reino miserable como un murciélago ciego. No. Hay que escapar de esta tierra estéril, lejos de sus limitados hombres. Muchos lo han ido anunciando hace tiempo. Dejando mensajes para quien quisiese verlos. El Bosco, da Vinci…. Quizá los más avispados nos estén esperando ya allí arriba.
Goya, súbitamente rejuvenecido, mira esperanzado hacia el cielo. Ya no escucha el soliloquio de Arrieta: “La Luna es un lugar terrible, escarpado. Apenas hay aire y el frío te mataría. Sin embargo en…”
—La Luna no desea quemarte; puedes mirarla todo el tiempo. Está hecha de nácar y sus edificios son de coral: domos colosales adonde acuden los grandes pensadores de todas las épocas. En la Luna no vuelan las balas de cañón, por lo que no caben las guerras y el oxígeno no arde. ¡Adiós a la Santa Inquisición!
El doctor trata de apagar sus requiebros con linimentos y paños calientes.
—Estás delirando, amigo. Son las fiebres.
—¡Llévame contigo, bella Asmodea! ¡Llévame contigo más allá de Nínive, hasta aquella gran roca en la Luna!
Era el 16 de abril de 1828. Nadie pareció distinguir la figura embozada en rojas sedas que aguardaba posada sobre el alféizar.

Charles Nodier: Les aventures de Thibaud de la Jacquière

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Un riche marchand de Lyon, nommé Jacques de la Jacquière, devint prévôt de la ville, à cause de sa probité et des grands biens qu’il avait acquis sans faire tache à sa réputation. Il était charitable envers les pauvres et bienfaisant envers tous.

Thibaud de la Jacquière, son fils unique, était d’humeur différente. C’était un beau garçon, mais un mauvais garnement, qui avait appris à casser les vitres, à séduire les filles et à jurer avec les hommes d’armes du roi, qu’il servait en qualité de guidon. On ne parlait que des malices de Thibaud, à Paris, à Fontainebleau et dans les autres villes où séjournait le roi. Un jour, ce roi, qui était François Ier, scandalisé lui-même de la mauvaise conduite du jeune Thibaud, le renvoya à Lyon, afin qu’il se réformât un peu dans la maison de son père. Le bon prévôt demeurait alors au coin de la place Bellecour. Thibaud fut reçu dans la maison paternelle avec beaucoup de joie. On donna pour son arrivée un grand festin aux parents et aux amis de la maison. Tous burent à sa santé et lui souhaitèrent d’être sage et bon chrétien. Mais ces voeux charitables lui déplurent. Il prit sur la table une tasse d’or, la remplit de vin et dit :

"Sacré mort du grand diable ! je lui veux bailler, dans ce vin, mon sang et mon âme, si jamais je deviens plus homme de bien que je le suis."

Ces paroles firent dresser les cheveux à la tête de tous les convives. Ils firent le signe de la croix, et quelques-uns se levèrent de table. Thibaud se leva aussi et alla prendre l’air sur la place Bellecour, où il trouva deux de ses anciens camarades, mauvais sujets comme lui. Il les embrassa, les fit entrer chez son père et se mit à boire avec eux. Il continua de mener une vie qui navra le coeur du bon prévôt. Il se recommanda à saint Jacques, son patron, et porta devant son image un cierge de dix livres, orné de deux anneaux d’or chacun du poids de cinq marcs. Mais en voulant placer le cierge sur l’autel, il le fit tomber et renversa une lampe d’argent qui brûlait devant le saint. Il tira de ce double accident un mauvais présage et s’en retourna tristement chez lui.

Ce jour-là, Thibaud régala encore ses amis ; et lorsque la nuit fut venue, ils sortirent pour prendre l’air sur la place Bellecour et se promenèrent par les rues, comptant y trouver quelque bonne fortune. Mais la nuit était si épaisse, qu’ils ne rencontrèrent ni fille ni femme. Thibaud, impatienté de cette solitude, s’écria, en grossissant sa voix :

"Sacré mort du grand diable ! je lui baille mon sang et mon âme, que si la grande diablesse, sa fille, venait à passer, je la prierais d’amour, tant je me sens échauffé par le vin."

Ces propos déplurent aux amis de Thibaud, qui n’étaient pas d’aussi grands pécheurs que lui ; et l’un d’eux lui dit :

"Notre ami, songez que le diable étant l’ennemi des hommes, il leur fait assez de mal sans qu’on l’y invite en l’appelant par son nom."

L’incorrigible Thibaud répondit :

Ramón María del Valle-Inclán: Del misterio

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¡Hay también un demonio familiar! Yo recuerdo que, cuando era niño, iba todas las noches a la tertulia de mi abuela una vieja que sabía estas cosas medrosas y terribles del misterio. Era una señora linajuda y devota que habitaba un caserón en la Rúa de los Plateros. Recuerdo que se pasaba las horas haciendo calceta tras los cristales de su balcón, con el gato en la falda. Doña Soledad Amarante era alta, consumida, con el cabello siempre fosco, manchado por grandes mechones blancos, y las mejillas descarnadas, esas mejillas de dolorida expresión que parecen vivir huérfanas de besos y de caricias. Aquella señora me infundía un vago terror, porque contaba que en el silencio de las altas horas oía el vuelo de las almas que se van, y que evocaba en el fondo de los espejos los rostros lívidos que miran con ojos agónicos. No, no olvidaré nunca la impresión que me causaba verla llegar al comienzo de la noche y sentarse en el sofá del estrado al par de mi abuela. Doña Soledad extendía un momento sobre el brasero las manos sarmentosas, luego sacaba la calceta de una bolsa de terciopelo carmesí y comenzaba la tarea. De tiempo en tiempo solía lamentarse: —¡Ay, Jesús!

Una noche llegó. Yo estaba medio dormido en el regazo de mi madre, y, lifl embargo, sentí el peso magnético de sus ojos que me miraban. Mi madfl también debió de advertir el maleficio de aquellas pupilas, que tenían 11 venenoso color de las turquesas, porque sus brazos me estrecharon más. Doña Soledad tomó asiento en el sofá, y en voz baja hablaron ella y mi abuela. Y,, sentía la respiración anhelosa de mi madre, que las observaba queriendo adivinai sus palabras. Un reloj dio las siete. Mi abuela se pasó el pañuelo por los ojoi, J con la voz un poco insegura le dijo a mi madre:

—¿Por qué no acuestas a ese niño?

Mi madre se levantó conmigo en brazos, y me llevó al estrado para que besase a las dos señoras. Yo jamás sentí tan vivo el terror de Doña Soledad. Me pasó su mano de momia por la cara y me dijo:

—¡Cómo te le pareces!

* mi abuela murmuró al besarme: -¡Reza por él, hijo mío!

Hablaban de mi padre, que estaba preso por legitimista en la cárcel de Santiago. Yo, conmovido, escondí la cabeza en el hombro de mi madre, que me estrechó con angustia:

-¡Pobres de nosotros, hijo!

Etgar Keret ( אתגר קרת ): Hole in the wall ( חור בקיר )

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בשדרות ברנדוט, ממש ליד התחנה המרכזית, יש חור בקיר. פעם היה שם כספומט, אבל הוא התקלקל או משהו, או שסתם לא השתמשו בו, ובא טנדר עם אנשים מהבנק שלקחו אותו ואף פעם לא החזירו.

מישהו אמר פעם לאודי שאם צועקים לתוך החור הזה בקיר משאלה, אז היא מתמלאת, אבל אודי לא כל-כך האמין. האמת היא שפעם, כשחזר בערב מסרט, צעק לתוך החור בקיר שהוא רוצה שדפנה רימלט תהיה מאוהבת בו וכלום לא קרה. ופעם אחרת, כשהרגיש נורא לבד, צרח לתוך החור שהוא רוצה שיהיה לו חבר מלאך, ונכון שאחר-כך בא מלאך אבל הוא בכלל לא היה חבר, ותמיד היה נעלם כשהיה צריך אותו באמת. המלאך הזה היה רזה וכפוף וכל הזמן הלך עם מעיל גשם, שלא יראו לו את הכנפיים. אנשים ברחוב היו בטוחים שהוא גיבן. לפעמים, כשהיו לבד, היה מוריד את המעיל, פעם אפילו נתן לאודי לגעת לו בנוצות של הכנפיים, אבל כשהיו עוד אנשים בחדר נשאר תמיד לבוש במעיל. הילדים של קליין פעם שאלו אותו מה יש לו מתחת למעיל, והוא אמר שיש לו תרמיל עם ספרים לא שלו שפחד שיירטבו. בכלל, הוא כל הזמן היה משקר. הוא סיפר לאודי סיפורים שאפשר היה למות: על מקומות בשמים, על אנשים שכשהם הולכים בלילה הביתה לישון, משאירים את המפתחות בסטרטר של האוטו, על חתולים שלא מפחדים מכלום, שלא יודעים אפילו מה זה "קישתא".

איזה סיפורים היה ממציא, ועוד אחר-כך נשבע בחיי אלוהים.

אודי אהב אותו נורא והשתדל תמיד להאמין לו, אפילו הלווה לו כסף כמה פעמים כשהיה לחוץ. המלאך לעומת זאת, לא עזר לאודי בכלום, רק דיבר ודיבר ודיבר, וסיפר את כל הסיפורים המפגרים שלו. בשש שנים שהכיר אותו לא ראה אותו אודי שוטף אפילו כוס.

בזמן שאודי היה בטירונות והיה באמת צריך מישהו לדבר אתו, נעלם לו פתאוםהמלאך לחודשיים, וחזר אחר כך עם פרצוף לא מגולח של אל תשאל מה קרה. ואודי לא שאל. ובשבת הם ישבו עצובים עם תחתונים על הגג והתחממו בשמש. אודי הסתכל על הגגות האחרים עם החיבורים לכבלים ודוודים והשמים. הוא שם לב פתאום שבכל השנים שהם היו ביחד, לא ראה את המלאך עף אפילו פעם אחת. "אוליי תעוף קצת באוויר" אמר למאלך. "זה ישפר לך את המצב רוח".

המלאך אמר "עזוב, אנשים יכולים לראות".

"בחייאת" אמר אודי, "תעוף רק קצת, בישבילי". אבל המלאך רק הוציא קול מגעיל מהחלל של הפה וירק על הגג המזופת רוק מעורב עם לבן של ליחה.

על הגג שממלו הם ראו ילדים זורקים לרחוב שקיות מים. "אתה יודע, " חייך אודי, "פעם, כשהייתי קטן, עוד לפני שהכרתי אותך, הייתי עולה לכאן הרבה ומעיף שקיות על אנשים שעברו למטה ברחוב. הייתי משחיל אותם בדיוק ברווח של שני הגגונים," התכופף עכשיו אודי מעל המעקה והצביע על הרווח שבין הגגול של המכולת לחנות הנעליים. "האנשים היו מרימים את הראש למעלה ורואים גגון, לא היו יודעים מאיפה זה בא להם.

Daniel Defoe: The devil and the watchmaker

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Daniel Defoe by  Godfrey Kneller


I have much better Vouchers for the Story following, which I had so solemnly confirm’d by one that liv’d in the Family, that I never doubted the Truth of it. There liv’d, in the Parish of St. Bennet Fynk, near the Royal Exchange, an honest poor Widow Woman, who, her Husband being lately dead, took Lodgers into her House; that is, she let out some of her Rooms in order to lessen her own Charge of Rent; among the rest, she let her Garrets to a working Watchwheel-maker, or one some way concern’d in making the Movements of Watches, and who work’d to those Shop-keepers who sell Watches; as is usual.

It happened that a Man and Woman went up, to speak with this Movement-maker upon some Business which related to his Trade, and when they were near the Top of the Stairs, the Garret-Door where he usually worked being wide open, they saw the poor Man (the Watch-maker, or Wheel-maker) had hang’d himself upon a Beam which was left open in the Room a little lower than the Plaister, or Ceiling: Surpriz’d at the Sight, the Woman stop’d, and cried out to the Man who was behind her on the Stairs that he should run up, and cut the poor Creature down.

At that very Moment comes a Man hastily from another Part of the Room which they upon the Stairs could not see, bringing a Joint-Stool in his Hand, as if in great Haste, and sets it down just by the Wretch that was hang’d, and getting up as hastily upon it pulls a Knife out of his Pocket, and taking hold of the Rope with one of his Hands, beckon’d to the Woman and the Man behind her with his Head, as if to stop and not come up, shewing them the Knife in his other Hand, as if he was just going to cut the poor Man down.

Upon this, the Woman stopp’d a while, but the Man who stood on the Joint-Stool continued with his Hand and Knife as if fumbling at the Knot, but did not yet cut the Man down; at which the Woman cried out again, and the Man behind her call’d to her. Go up, says he, and help the Man upon the Stool! supposing something hindred. But the Man upon the Stool made Signs to them again to be quiet, and not come on, as if saying, I shall do it immediately; then he made two Strokes with his Knife, as if cutting the Rope, and then stopp’d again; and still the poor Man was hanging, and consequently dying: Upon this, the Woman on the Stairs cried out to him. What ails you? Why don’t you cut the poor Man down? And the Man behind her, having no more Patience, thrusts her by, and said to her. Let me come, I’ll warrant you I’ll do it; and with that runs up and forward into the Room to the Man; but when he came there, behold, the poor Man was there hanging; but no Man with a Knife, or Joint-Stool, or any such thing to be seen, all that was Spectre and Delusion, in order, no doubt, to let the poor Creature that had hang’d himself perish and expire.

The Man was so frighted and surpriz’d, that with all the Courage he had before, he drop’d on the Floor as one dead, and the Woman at last was fain to cut the poor Man down with a Pair of Scissars, and had much to do to effect it.

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