Tales of Mystery and Imagination

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Santiago Eximeno: Huerto de cruces






Si terminase así el pueblo, resultaría de una fórmula de perfección o de simulación intelectualista

Gabriel Miró


Cuánto tarda el tren en llegar, pensó Gabriel. Moría la tarde en el horizonte, envuelta en un charco de sangre desteñida, y las copas de los árboles más lejanos extendían sus ramas hacia las vías como ancianas artríticas. Cuándo tarda en llegar, pensó Gabriel, y sintió pereza y quiso levantarse, pero se arrepintió en el último momento. Se removió sobre el banco de piedra, inquieto, y miró a un lado y a otro, a la gente que como él esperaba en el andén a que llegara el último tren. Dónde irán todos éstos, pensó, que no tienen más necesidad que la que les crea su avaricia, y volvió su atención a las vías. Una moneda brillaba bajo los rayos del sol, olvidada entre listones de madera, quizá de un viajero que ya no la necesitaba, quizá de un niño que no pudo comprar su helado. Gabriel apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo, sintiendo el frío del asiento de pie­dra en las palmas, y se meció adelante y atrás. No puede tardar ya mucho el tren, se dijo, no me hará esperar mucho más. No dejaba de llegar gente, advirtió mirando hacia las vallas de entrada. Hombres de piel morena y rostros surcados de arrugas; mujeres envueltas en vestidos negros, el pelo cubierto por un pañuelo; niños vestidos con trajes caros o con harapos, el ros­tro congelado en una mueca triste y seria. Les habían robado incluso la risa de los niños, tan querida y necesitada por todo el pueblo. Los hombres de blanco, con su rostro de cristal y sus armas, les habían arrebatado todo lo que tenían, y ahora les conminaban a marcharse, a abandonar todo lo que una vez había sido suyo. Abandonar el pueblo para siempre en un tren que les conduciría a las calles sucias y oscuras de una lejana ciudad. Los hombres de blanco, con sus falsas sonrisas y sus ame­nazas veladas. Así debía ser, pensó Gabriel, así debía ser, desde el momento que Tomás decidió volver a casa. Y, mientras espe­raba, escuchando el ruido de las voces de los hombres silencian­do los llantos de los niños, escuchando el arrastrar de las maletas llenas a rebosar sobre el empedrado de la estación, escu­chando los suspiros contenidos de las mujeres al volverse y mirar más allá de las vallas, Gabriel recordó a Tomás, al viejo Tomás, y su terca decisión de volver a ver a su familia.


El viejo había empezado a toser varios años atrás, una tos seca y desagradable que había paliado con uno de aquellos remedios caseros que preparaban los mayores del pueblo. Paños calientes y una cucharada de este remedio, mano de santo, y mañana estarás como nuevo, Tomás, habían dicho las mujeres. Pero al viejo le costaba no toser, y se le veía más débil cada día que pasaba. Ya no se levantaba tan temprano como antes, y empezaba a faltar a las faenas del campo, dejando que sus hijos lle­varan el tractor y se preocuparan de la siembra. Había perdido a su mujer de joven, en un accidente mientras volvían de las viñas con el remolque cargado de uva, y los únicos que podían atender los problemas del viejo eran sus hijos, tan tercos y orgu­llosos como él mismo. Dos jóvenes fuertes, decididos, de pocas luces, que ya rebasaban la treintena y no habían encontrado mujer en el pueblo que quisiera estar con ellos.
Pronto se ausentó de la taberna, y no fueron pocos los que le echaron de menos para la partida de tute. Algunos, los más allegados, los que reían con ganas cuando Tomás contaba por enésima vez sus chistes apolillados y le perdonaban cuando no busca el cante en la partida, acudieron a su casa sólo para comprobar que, quisieran o no, el viejo se marchaba. Los hijos, car­comidos por el dolor de la pérdida y, al mismo tiempo, torturados por las labores del campo, apenas disponían de tiempo para pasarlo junto al lecho de su padre moribundo. Los amigos inventaron excusas y arguyeron disculpas, y pocos fueron los que acudieron a su casa a preguntar por su estado. Así pasó Tomás los últimos días de su vida, solo y enfermo, entre visitas del médico, que agitó la cabeza y apoyó la mano sobre el hombro de uno de los hijos al marcharse la última vez que pasó por el pueblo. A todos nos llegará, dijo el médico, y el hijo menor, de ojos azules y rostro aniñado, rompió en lágrimas y corrió hacia su cuarto, quizá para esconder su vergüenza por su debilidad, quizá para no ver la agonía del único hombre al que, a su manera, había querido.
Quiso la mala fortuna que Gabriel estuviera allí el día que Tomas falleció, y fue mala fortuna, pues a él le tocó velar el cadáver hasta que el juez acudió desde Molino Blanco para cer­tificar la defunción. Vivían en un pueblo pequeño, de casas marchitas y calles sin asfaltar, en el que sólo perduraban los recuerdos y un puñado de familias voluntariosas, poco bagaje para permitirse sus propios jueces y sus propios médicos. El juez tardó un día entero en llegar, pues Tomás decidió abando­nar el mundo un domingo temprano. Me voy, me voy, había dicho, tomando la mano de Gabriel, que aquella mañana se había sentado junto a la cama en un taburete bajo.
Me voy, había dicho, pero quisiera volver.
Y Gabriel había sentido el valor premonitorio de sus pala­bras como una azada rasgando la piel y preparando el cuerpo para ser sembrado.


Cuánto tarda el tren, pensó Gabriel, y miró en dirección a Las Nieves, el pueblo que crecía al pie de las montañas como un alud de blancas rocas desperdigadas. Flotaba en el aire un olor extraño, un olor que embriagaba y al mismo tiempo revolvía el estómago. Gabriel creyó que se trataba del olor de la carne poco hecha. Quizá, en el interior de la estación, alguien estaba coci­nando. Quizá, si se acercaba hasta allí, quienquiera que fuese le convidaba a la comida y a un poco de vino. Cansado, pero hambriento al mismo tiempo, se levantó con esfuerzo del banco de piedra y arrastró sus pies hacia el interior de la esta­ción. Le dolía el brazo derecho, un dolor continuo que palpita­ba en su antebrazo, como el picotazo de un mosquito que se resiste a ser ignorado. Ignorándolo, entró en la estación.
El interior estaba desierto a excepción de un niño sentado en un banco, que al verlo entrar alzó sus ojos tristes. Sostenía entre las manos, sobre sus rodillas, un balón de fútbol de parches blancos y negros, un tablero de ajedrez esférico que había per­dido sus fichas. Creí que servían comida aquí, dijo Gabriel, y el niño negó con la cabeza. Comida tienen fuera las madres, res­pondió el niño. Y Gabriel pensó que eso era bueno sin saber realmente por qué. Se sentó en un banco frente al niño, y buscó en sus bolsillos un caramelo. Sólo encontró un puñado de papeles arrugados, y un pañuelo sucio, manchado de sangre. Lo sostuvo ante sus ojos, extendiéndolo como si se tratara de un mantel. El niño bajó la mirada, acarició el balón. Las manchas de sangre sobre la tela blanca le arrastraron de nuevo hasta Tomás.
Un viejo testarudo, decían de él las voces que se reunían en la plaza del pueblo, sentadas junto a la fuente, viendo pasar el día con su monotonía de rumor de tractor. Un viejo testarudo, sí; y no había duda de que lo era. Porque dos noches después de ser enterrado, volvió a su casa, y lo hizo a su manera, llamando la atención. Aquel día se habían reunido en la plaza las muje­res, solteronas y casamenteras, casadas y jóvenes, a charlar de sus maridos y sus novios y sus anhelos y sus tristezas. Brillaba un sol tristón, devorado por nubes grises hambrientas de tor­menta, y las conversaciones se tornaron melancólicas con el paso de la tarde. Contaron después las más viejas cuando les preguntaron los mozos que Tomás pasó junto a ellas sin verlas, caminando como si estuviera borracho, la mirada fija en el camino y apestando a muerte y olvido. Hasta los perros que campaban a sus anchas por el pueblo, animales famélicos que más de una vez habían comido de su mano, huyeron aullando cuando lo encontraron en las calles vagando sin rumbo.
Lo cierto es que a pesar del estado en el que se encontraba, Tomás llegó hasta su casa sin demasiados contratiempos. Cuentan los que le vieron que llamó a la puerta dos veces, y que al ver que no le abrían, aulló al cielo y arañó las paredes y las maderas de la puerta hasta que se le desprendieron las uñas. Dicen también que el primero en llegar y verle fue su hijo menor, y que abrió la puerta y le franqueó el paso, volviéndose después hacia los curiosos con exabruptos e improperios. Pero Gabriel nada supo de ello hasta después, entrada la tarde, cuan­do volvía de trabajar en las viñas, con la espalda dolorida y el cuerpo cansado. Damiana, su mujer, que preparaba una ensala­da para la cena como era su costumbre, le comentó lo que se murmuraba en las casas y en los patios, y le dijo que vendría el alguacil a buscarle, pues buscaba hombres con arrestos para marchar al campo santo a comprobar las afirmaciones. Podrían ir a la casa y llamar, dijo Gabriel, pero su mujer le respondió que ya se había hecho, y que los chicos se habían negado a abrir la puerta. Gabriel no dudaba de la veracidad de las palabras de sus vecinos, y un escalofrío le recorrió la espalda mientras espe­raba al alguacil, tomando un trozo de queso y una copa de vino para ayudarlo a entrar, como solía decir.
El alguacil llegó cayendo la noche, cuando las sombras aban­donaban el refugio del bosque y campaban a sus anchas por las calles del pueblo. Venía en compañía de Isaías, el encargado de la tienda, y tras ellos avanzaba El Tuerto, el dueño del único bal­de la plaza del pueblo. Los tres se mostraron temerosos y cau­tos al hablar con Gabriel, los tres le trataron con respeto y asin­tieron en silencio cuando tomó su abrigo y salió con ellos al frío de la noche. Es un camino traicionero, dijo el alguacil, pero todos queremos saber qué ha ocurrido. No es ésta una buena noche para pisar tierra de muertos, dijo Isaías. El Tuerto escu­pió al suelo, y abrió la marcha en dirección al cementerio. Avanzaron por el camino de tierra en silencio, sabiendo que una palabra mal dicha, si no atenazaban sus miedos, podría obligarles a dar vuelta y volver a sus casas. Al llegar a la verja de entrada, cerrada con cadena y candado, el alguacil sacó un manojo de llaves oxidadas del bolsillo y procedió a abrir. Sin embargo se detuvo al comprobar que la cadena yacía en el suelo como una serpiente al acecho y que el candado descansaba sobre ella, quebrado e inútil. Mala noche, ya os dije, dijo El Tuerto, y abriendo la verja entró en el campo santo.
Encendieron linternas, iluminaron el camino. Se interna­ron entre las veredas de tierra que rasgaban el lugar de descan­so de los muertos, dejando a un lado y a otro lápidas, nichos y tumbas rodeadas de vallas oxidadas por el tiempo. Las luces de las linternas les mostraron flores muertas, vasijas de agua volcadas, nombres de parientes y de amigos y de esas personas que cuando se marchan se olvidan y nadie más habla de ellas. Algo nerviosos se detuvieron frente al agujero de tierra remo­vida que se abría a los pies de la lápida de Tomás. Es mala cosa cuando los muertos no saben estarse quietos, sentenció Gabriel, abriéndose paso y acuclillándose junto a la tumba profanada. La tierra había sido removida por manos decidi­das, y los tablones quebrados del ataúd descansaban entre los despojos de carne y arena. Mejor hubiera sido incinerarlo, digo yo, dijo el alguacil, y se santiguó a continuación. El Tuerto escupió de nuevo, pero no dudó en persignarse tras el gesto del alguacil. Deberíamos volver y decirle a los chicos del Tomás que nos dejen ver a su padre, dijo Gabriel. Y que nos dejen vol­ver a enterrarle, por el amor de Dios, dijo Isaías, y todos asin­tieron algo apesadumbrados.

El niño dejó caer el balón, que rodó hacia los pies de Gabriel, despertándolo. No sabía bien si se había quedado dormido, o quizá se encontraba tan cansado que el agotamiento que había acumulado en los últimos días al fin le había vencido. Golpeó el balón con el pie, enviándolo hacia el niño, que le ofreció una sonrisa casi por obligación. Para el no era más que otro hombre viejo, otro enfermo que compartiría un vagón de tren para abandonar el pueblo en el que había nacido y buscar refugio en una de aquellas ciudades que cambiaba tierra por hormigón y amistades por conocidos.
Gabriel salió de nuevo al frío de la estación. Sentía el estóma­go revuelto, y no pudo reprimir una arcada al aspirar el olor del cigarrillo de uno de los hombres que esperaban pacientemente la llegada del tren. Sí que tarda esta vez, pensó. Quizá ya no vengan a por nosotros, se dijo. Pero no parecía normal. Les habían dicho que los evacuarían a todos. Evacuar, una palabra que nunca había relacionado con salir del pueblo. Pero los hombres de blanco, con sus armas automáticas y sus máscaras, sabían lo que había que hacer en estos casos. Siempre lo sabían, trabajaban para el gobierno. Y él era sólo un ignorante campe­sino, al que no le habían prestado ninguna atención al entrar en la estación. ¿Le han mordido?, le habían preguntado, y él había negado con la cabeza. A pesar de ello le habían conduci­do a un pequeño cuarto y le habían obligado a desnudarse. ¿Me quito también esto?, había preguntado, sonrojado, señalando su ropa interior, unos gruesos calzoncillos grises que su mujer le había tejido años atrás. La enfermera había sonreído, tratan­do de aliviar la sensación de vergüenza que les embargaba a ambos. No será necesario, señor, no se preocupe, había respon­dido ella con cortesía, sonrojándose, y Gabriel había asentido, más tranquilo.
Gabriel paseó por la estación sin rumbo fijo. Pensó, al cru­zarse con una pareja joven, en cuántas personas de las allí reu­nidas no conocía siquiera de vista. Habían acudido hasta la estación desde pueblos cercanos que no disponían de apeade­ro, y muchos de ellos no significaban nada para él. Cuántas personas que no he podido conocer, cuánto tiempo perdido en miserias, pensó Gabriel. Un hombre, el rostro oculto tras la máscara de cristal y el cuerpo embutido en plástico blanco, le indicó con un gesto que se detuviera y diera la vuelta. Gabriel comprendió que se había acercado demasiado a la valla, y se detuvo. Buscó a su mujer con la mirada más allá del alambre de espino, de los tablones de madera. Quería verla una última vez antes de marcharse.

Salieron del cementerio y bajaron por el camino en dirección al pueblo. Iba a llover, Gabriel lo notaba en los huesos. Se despi­dieron en la puerta de la casa del alguacil, y cada uno continuó su camino hasta su propio hogar en silencio, la mente perdida en las implicaciones de lo ocurrido. Gabriel llegó a casa con humor sombrío, sin ganas de conversación. Por ello eludió las preguntas de su mujer y le dijo que sería mejor acostarse, que mañana sería un día muy largo. Estoy preocupada, dijo su mujer, por lo que nos pueda ocurrir. No pasará nada, créeme, respondió Gabriel, y subió a acostarse.
Su mujer se entretuvo un rato más fregando algunos platos, y cuando subió, él ya se había dormido.
Por la noche oyeron ruidos en la puerta, Gabriel decidió levantarse para tranquilizar a su mujer. No será nada, algún perro solitario, algún gamberro, dijo mientras le acariciaba el pelo y ella volvía a dormirse. Buscó sus zapatillas bajo la cama, ignorando los golpes en la puerta, cada vez más fuertes, y bajó en silencio hasta la puerta de entrada. Oyó de nuevo los golpes, y con temor se acercó hasta la mirilla. Allí no había nadie. Los golpes callaron, y Gabriel oyó pasos arrastrados y gemidos en la calle. Un escalofrío le recorrió la espalda, y no pudo evitar pen­sar en su mujer, sola en el dormitorio. Había algo ahí fuera, pero ya se había marchado. Por la mañana todo sería más sen­cillo. Volvió al dormitorio, se acostó. Ya lo resolvería mañana.
Despertó algunas horas después, cuando el amanecer des­puntaba sobre los campos de trigo. Oyó disparos, relinchar de caballos y gritos, muchos gritos de auxilio. Al volverse sintió pánico, pues su mujer no estaba a su lado. Bajó las escaleras como un chico, trastabillando, arrastrando con sus manos tor­pes un cuadro colgado en la pared. Ella estaba abajo, mirando a través de la ventana a la calle, y le hizo señas de que callara mientras le veía entrar en la cocina. Es el Tomás, que no quie­re ir, susurró, volviendo su atención a la calle. Gabriel llegó a su lado, apoyó una mano sobre su hombro desnudo, sintiendo la piel fría bajo su palma. En la calle yacía Tomás, babeando, las ropas cubiertas de sangre, los dedos engarfiados. Intentaba levantarse, pero una gruesa argolla alrededor de su cuello unida a una larga cadena se lo impedía. Cuando trataba de incorpo­rarse los dos chicos que sostenían la cadena —el hijo del alguacil y uno de los jornaleros que Isaías contrataba temporalmente para la vendimia— tiraban de ella para derribarle. Tengo que salir, dijo Gabriel y el cuerpo de Damiana se estremeció, pero no dijo nada.
Al retirar la tranca y abrir la puerta, los chicos se asustaron y retrocedieron un paso, arrastrando con ellos a Tomás. Vamos, vamos, es Gabriel, dijo el alguacil, sosteniendo su escopeta de caza con el brazo derecho, la misma con la que solía cazar cone­jos en sus tierras. Gabriel saludó con un gesto, caminó hacia él. Tomas hizo intento de levantarse, los chicos volvieron a derri­barle. Se les notaba nerviosos, sin saber bien qué hacer. Mantenían la distancia con el viejo, que olía a muerte tan fuer­te que mareaba, y al mismo tiempo permanecían atentos a los gestos del alguacil. Este es peligroso, Gabriel, y mírale, tan cam­pante, y le he metido dos tiros en el pecho, Gabriel, dijo el alguacil, los ojos enrojecidos de llorar, las manos temblorosas. ¿Y los chicos?, preguntó Gabriel. No querrías verlos, Gabriel, no querrías, son como éste, Gabriel, que no te cojan, que no te muerdan, dijo el alguacil, y levantando el arma, la apoyó con­tra su barbilla y disparó.

Gabriel oyó a lo lejos un silbido desesperado que sólo podía sur­gir de una garganta metálica. Tarde, pero ha llegado, pensó mientras la gente recogía sus maletas y arrastraba los pies hacia las vías. Tarde, pero llegaron, pensó Gabriel. Los hombres de blanco habían llegado dos días después de que Tomás decidiera volver al pueblo, y en aquellos dos días muchos otros se habían levantado y habían vuelto, cubiertos de sangre y tierra, torpes como marionetas de madera carcomida, hambrientos como una plaga de ratas. El rumor del tren acercándose a la estación le tranquilizó. Miró más allá de las vallas de metal, aquellas ver­jas que los hombres de blanco habían levantado para recluir a los afectados, como los denominaban. Amontonados, apilados unos sobre otros, los rostros contra las vallas, las manos arañan­do en el vacío. Todos sus conocidos, todos sus amigos, se encontraban al otro lado de las verjas, convertidos en algo menos que animales, con los ojos blancos y las bocas abiertas, babeando y aullando. Dio un paso en dirección a las verjas, y uno de los hombres de blanco le detuvo colocando una mano enguantada en su pecho y apuntándole con su arma. No puede pasar, señor, dijo con su voz metalizada, con su mirada envuel­ta en la niebla de vidrio que cubría su rostro. Sólo querría ver a mi esposa antes de marchar, dijo Gabriel. El hombre apartó su mano, bajó el arma. Hágalo desde aquí, señor, no dé un paso más, es por su seguridad, dijo el hombre. No protegieron así a mi esposa, pensó Gabriel, pero no dijo nada, sólo miró a las verjas, buscando su rostro entre las bocas desencajadas y las manos desgarradas.
Sólo un mordisco, susurró.
Sólo un mordisco había bastado, un simple mordisco de aquellas cosas y te convertías en uno de ellos. Los hombres de blanco, los soldados enviados por el gobierno, ellos sabían lo que ocurría. Y no les habían dicho nada, no les habían infor­mado. Por todas partes, señor, por todo el país, le había dicho un joven soldado, y nunca más lo había vuelto a ver. Hablaba demasiado para ser uno de ellos. Por todas partes, pensó Gabriel. ¿Adonde irían entonces? Si ellos ya estaban en las ciu­dades, ¿adonde podrían ir? Volvió a buscar el rostro de su mujer entre los hombres y mujeres y niños atrapados tras las vallas, prisioneros hambrientos de un improvisado campo de concen­tración. ¿Adonde iría él sin su mujer? Sin ella no era nada, sólo un viejo inútil y acabado. Había estado siempre a su lado, apo­yándole en los momentos difíciles, consolándole cuando nece­sitaba consuelo, dándole su cariño cuando necesitaba amor. El 11 en entró en la estación susurrando despedidas a media voz, fragmentando conversaciones que terminarían en lágrimas. ¿ Adonde podría ir si no era al lado de su mujer? Al menos estoy vivo, pensó Gabriel, ellos me han protegido.
Y, sin embargo, a ella no habían podido protegerla.
A su alrededor la gente comenzó a subir al tren, arrastrando sus pesadas maletas tras ellos. Hombres armados ayudaron a las personas mayores, a los niños. Les obligaron a dejar atrás sus pertenencias. Gabriel oyó gritos, protestas. Querían subir al tren, huir de allí, pero no querían hacerlo con las manos vacías, manos que habían trabajado la tierra, manos castigadas que querían su recompensa. Algunos levantaron esas mismas manos contra los hombres de blanco, y las armas automáticas hablaron en su lengua de sangre y fuego. Gabriel miró hacia las verjas, buscando a su mujer. Debía de estar allí, entre ellos, una más entre la multitud que arañaba y aullaba y deseaba abalan­zarse sobre los que huían. Debía estar allí, pero no podía encon­trarla. Sintió una punzada de dolor en el bajo vientre, y una repentina humedad en la entrepierna. No, no quería verla, ni que ella lo viera así. Dando media vuelta, caminó hacia los pri­meros vagones. Caminó junto a un hombre que yacía en el suelo, un río bermellón de vida escapando de su cuerpo hacia las vías. El hombre agitó una mano, una mujer la tomó. Dos hombres de blanco gritaron órdenes, aléjense, aléjense, monten en el tren, márchense. Y después se deshacían en disculpas con la mujer, que lloraba y gritaba y maldecía.
Gabriel alcanzó la puerta de entrada de uno de los vagones, alguien le detuvo. Espere aquí, dijo el hombre que le había detenido mientras le miraba, mientras le tocaba los brazos, las piernas, el estómago, el rostro. ¿Tiene alguna herida?, pregun­tó, y Gabriel negó con la cabeza, mareado, sintiendo náuseas por el olor corporal que despedía aquella persona. Pase, vamos, dijo el hombre, franqueándole el paso. En el interior del vagón la gente gritaba, se abrazaba, lloraba. Gabriel buscó un sitio junto a la ventanilla, se sentó. Le temblaban las piernas. Podía oler la sangre del hombre herido desde donde se encontraba. Y tenía hambre. El chico de la estación, la pelota entre sus brazos, le miraba desde uno de los asientos más alejados. No dejes que me cojan, no dejes que me cojan, repetía un joven abrazado a una mujer, una letanía sólo rota por el llanto entrecortado de ella. Todos acabaremos igual, murmuró una anciana, golpean­do la ventanilla con su dedo acusador. Estos ni siquiera saben lo que hacen, murmuró la anciana, señalando a los soldados. Gabriel sintió arcadas. La cabeza le dolía como las mañanas que salía al campo tras una noche de vinos y aguardientes. Tenía la boca seca, y se sentía mareado. ¿Se encuentra bien?, dijo un niño apoyando una mano en su hombro, y Gabriel asintió sin mirarle. Tiene mala cara, murmuró una mujer. Parece enfermo, dijo un hombre. Quizá deberíamos llamar a los soldados, dijo otro hombre.
Con un chirrido apagado, el tren arrastró sus extremida­des oxidadas sobre las vías. Gabriel se llevó una mano a la frente, la retiró cubierta de un sudor grasiento, pegajoso, que quedó adherido a la palma de su mano. Notó de nuevo el dolor en su entrepierna, allí donde ella le había besado con el amor que sólo se profesan los casados. Donde ella había posa­do sus labios por última vez, con mirada vidriosa, mientras balbuceaba incoherencias y trataba de hundirle las uñas en el vientre. Miró sus pantalones, empapados de sangre, despidien­do un olor nauseabundo. Un olor que le provocaba arcadas, que le provocaba hambre. La Virgen nos acoja en su seno, dijo una mujer levantándose, alejándose de él. Gabriel recordó el rostro desencajado de su mujer, la inesperada sensación de dolor cuando ella le mordió, desgarrándole la piel, cortando el músculo. Santo Dios, es uno de ellos, es uno de ellos, dijo otro hombre. El tren continuó su avance, alejándose de la estación. Gabriel alzó la mirada, intentó hablar. Que alguien avise a los soldados, gritó una mujer. Pero allí no había soldados, sólo víctimas huyendo de la devastación. Gabriel se levantó tamba­leándose, miró por la ventanilla sin ser consciente de lo que buscaba. A su alrededor la gente corría, huía, en dirección a ninguna parte. Cuando Gabriel se volvió, sólo vio al chico de la estación, sosteniendo su pelota. No lo reconoció. Abrió la boca, mostrando sus dientes.
El chico, los ojos llenos de lágrimas, dejó caer su pelota al suelo.
Gabriel no la recogió.


2 comments:

Santiago Eximeno said...

El título correcto es "Huerto de Cruces". Este relato lo podéis encontrar publicado en varias antologías, por ejemplo en mi libro "Bebés jugando con cuchillos" http://www.eximeno.com/ant_BJCC.html

. said...

Hemos procedido a la correspondiente corrección. Te agradecemos infinitamente tus indicaciones. Acepta nuestras disculpas y también nuestras felicitaciones; en efecto el título gana aún más sin el artículo. Fraternales saludos.

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