Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Edward Frederic Benson: The cat

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Many people will doubtless, remember that exhibition at the Royal Academy, not so many seasons ago which came to be known as Alingham's year, when Dick Alingham vaulted, with one bound, as it were, out of the crowd of strugglers and seated himself with admirably certain poise on the very topmost pinnacle of contemporary fame. He exhibited three portraits, each a masterpiece, which killed every picture within range. But since that year nobody cared anything for pictures whether in or out of range except those three, it did not signify so greatly. The phenomenon of his appearance was as sudden as that of the meteor, coming from nowhere and sliding large and luminous across the remote and star-sown sky, as inexplicable as the bursting of a spring on some dust-ridden rocky hillside. Some fairy godmother, one might conjecture, had bethought herself of her forgotten godson, and with a wave of her wand bestowed on him this transcendent gift. But, as the Irish say, she held her wand in her left hand, for her gift had another side to it. Or perhaps, again, Jim Merwick is right, and the theory he propounds in his monograph, "On certain obscure lesions of the nerve centres," says the final word on the subject.

Dick Alingham himself, as was indeed natural, was delighted with his fairy godmother or his obscure lesion (whichever was responsible), and (the monograph spoken of above was written after Dick's death) confessed frankly to his friend Merwick, who was still struggling through the crowd of rising young medical practitioners, that it was all quite as inexplicable to himself as it was to anyone else.

"All I know about it," he said, "is that last autumn I went through two months of mental depression so hideous that I thought again and again that I must go off my head. For hours daily, I sat here, waiting for something to crack, which as far as I am concerned would end everything.

"Yes, there was a cause; you know it."

He paused a moment and poured into his glass a fairly liberal allowance of whisky, filled it half up from a syphon, and lit a cigarette. The cause, indeed, had no need to be enlarged on, for Merwick quite well remembered how the girl Dick had been engaged to threw him over with an abruptness that was almost superb, when a more eligible suitor made his appearance. The latter was certainly very eligible indeed with his good looks, his title, and his million of money, and Lady Madingley—ex-future Mrs. Alingham—was perfectly content with what she had done.

She was one of those blonde, lithe, silken girls, who, happily for the peace of men's minds, are rather rare, and who remind one of some humanised yet celestial and bestial cat.

Salvador Elizondo: Anapoyesis

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Un escueto cable, transcrito por los periódicos, anuncia la muerte, en circunstancias trágicas, del Profesor Pierre Emile Aubanel que fuera, hasta antes de la guerra, titular de la cátedra de termodinámica en la Escuela Politécnica y de lingüística aplicada en la Escuela de Altos Estudios. Pocas semanas antes de que estallara el conflicto, en los medios científicos de París se discutían acaloradamente los trabajos que Aubanel había dado a conocer en el Instituto. Hubo quienes los juzgaron charlatanería y, ante el escándalo, Aubanel, que ya había dado su libro Énergie et langage a las prensas, se retiró a la soledad de su departamento de la rué dé Rome para proseguir sus investigaciones en privado. Losónos de guerra y de ocupación lo obligaron a un encierro fructífero, si bien la Gestapo cuidó de confiscar y destruir toda la edición del libro alegando, con base en un argumento lingüístico errado, el origen sefaradí del nombre de su autor.

Aubanel conservó cierto renombre en sus especialidades de la termodinámica aun al través del holocausto europeo. Lo conocí, después de la guerra, con motivo de la entropía de los altos vacíos, cuestión acerca de la cual fui a consultarlo, aunque lo que nos hizo amigos y me procuró su confianza fue la poesía. Yo recordaba haber leído que Stéphane Mallarmé había vivido en la misma calle que Aubanel. Cuando terminamos nuestra consulta y pasamos a hablar de generalidades, le pregunté si no podría indicarme cuál era la casa del poeta o si quedaba cerca.

Aubanel entornó los ojos y esbozó una sonrisa irónica; luego dijo:

—Mi querido amigo, ésta fue la casa de Mallarmé.

Señaló en torno con un gesto indiferente de la mano. Yo estaba asombrado de vérmelas con este gran hombre de ciencia incomprendido precisamente en la casa del más incomprendido de los poetas.

—Ya no queda nada de lo que había en su tiempo —dijo—. Cuando tomé la casa la reformé; tiré unos muros y levanté otros. En tiempo de Mallarmé estaba toda empapelada al estilo de la época, ya sabe usted.

Me enseñó toda la casa. Era común y corriente. En lo que había sido el estudio del poeta. Aubanel había instalado un aparatoso laboratorio. Entrabriendo la puerta me lo mostró desde el umbral. Por. el tipo de las instalaciones y la índole de los aparatos dispuestos sobre las grandes mesas de madera hubiera sido imposible deducir, a primer vista, cuál era la verdadera naturaleza de sus investigaciones.

Jacques Sternberg: Le plafond

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Il était immobilisé dans son lit, les deux jambes fracturées. Depuis six semaines, il en était réduit à regarder fixement le plafond. Depuis six semaines, il cherchait en vain dans ce désert de plâtre un détail, une fissure, une tache, n'importe quoi, quand un matin, il vit la chose, là dans un coin, près de la fenêtre.

Il eut un sursaut de joie. Avidement, il s'attacha à suivre le point rouge qui bougeait, car il bougeait, il bougeait oui, rapide et cependant si lent car si minuscule. Elle suivait des yeux, affolé à l'idée de le perdre de vue. Ce point rouge qui venait de sortir d'un angle du plafond, c'était une fourmi.

Après quelques secondes, elle parut hésiter, elle revint sur ses pas, s'arrêta un instant près d'un angle du plafond,

elle dut lancer quelques signaux, car aussitôt une autre fourmi apparut.

Elles s'avancèrent, mais se séparèrent très vite. Et venant de deux endroits différents, d'autres fourmis apparurent.

Immédiatement, en quelques virevoltes bien réglées, elles se rangèrent en patrouilles de six unités.

Le malade regardait toujours avec la même avidité, souriant, ébloui, subjugué.

Une heure plus tard, tout le plafond grouillait de caravanes dont la plus importante filait vers le mur, lourde et rouge comme un caillot de sang vivant.

Les groupes correspondaient sans cesse entre eux, chaque mouvement paraissait' médité, et des patrouilles allaient sans cesse d'un groupe à l'autre, donnant des ordres pendant que d'autres groupes semblaient assurer la circulation qui était d'ailleurs très ordonnée.

Le malade souriait toujours, empoigné, étourdi de plaisir et d'étonnement.

Vers une heure, l'année tout entière avait abandonné le plafond et se trouvait groupée verticale à quelques

millimètres de la jonction entre le mur et le parquet. Elle s'arrêta là.

Manuel Mujica Láinez: El hambre

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Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.

Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.

Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.

Dan Simmons: This Year’s Class Picture

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Ms. Geiss watched her new student coming across the first-graders’ playground from her vantage point on the balcony of the old school’s belfry. She lowered the barrel of the Remington .30-06 until the child was centered in the crosshairs of the telescopic sight. The image was quite clear in the early morning light. It was a boy, not one she knew, and he looked to have been about nine or ten when he died. His green Teenage Mutant Ninja Turtles t-shirt had been slashed down the center and there was a spattering of dried blood along the ragged cleft. Ms. Geiss could see the white gleam of an exposed rib.
      She hesitated, lifting her eye from the sight to watch the small figure lurch and stumble his way through the swing sets and round the jungle gym. His age was right, but she already had twenty-two students. More than that, she knew, and the class became difficult to manage. And today was class picture day and she did not need the extra aggravation. Plus, the child’s appearance was on the borderline of what she would accept in her fourth grade…especially on class picture day.  
      You never had that luxury before the Tribulations, she chided herself. She put her eye back against the plastic sunhood of the sight and grimaced slightly as she thought of the children who had been “mainstreamed” into her elementary classes over the years: deaf children, blind children, borderline autistic children, children suffering with epilepsy and Down’s syndrome and hyperactivity and sexual abuse and abandonment and dyslexia and petit mal seizures…children dying of cancer and children dying of AIDS…
      The dead child had crossed the shallow moat and was approaching the razor wire barriers that Ms. Geiss had strung around the school just where the first-graders’ gravel playground adjoined the fourth-graders’ paved basketball and four-square courts. She knew that the boy would keep coming and negotiate the wire no matter how many slices of flesh were torn from his body.
      Sighing, already feeling tired even before the school day had formally begun, Ms. Geiss lowered the Remington, clicked on the safety, and started down the belfry ladder to go and greet her new student.
      She peered in her classroom door on the way to the supply closet on the second floor. The class was restless, daylight and hunger stirring them to tug against the chains and iron collars. Little Samantha Stewart, technically too young for fourth grade, had torn her dress almost off in her nighttime struggles. Sara and Sarah J. were tangled in each other’s chains. Todd, the biggest of the bunch and the former class bully, had chewed away the rubber lining of his collar again. Ms. Geiss could see flecks of black rubber around Todd’s white lips and knew that the metal collar had worn away the flesh of his neck almost to the bone. She would have to make a decision about Todd soon.
      On the long bulletin board behind her desk, she could see the thirty-eight class pictures she had mounted there. Thirty-eight years. Thirty-eight class pictures, all taken in this school. Starting with the thirty-second year, the photographs became much smaller as they had gone from the large format camera the photo studio had used to the school Polaroid that Ms. Geiss had rigged to continue the tradition. The classes were also smaller. In her thirty-fifth year there had been only five students in her fourth grade. Sarah J. and Todd had been in that class –alive, pink-skinned, thin and frightened looking, but healthy. In the thirty-sixth year there were no living children…but seven students. In the next-to-last photograph, there were sixteen faces. This year, today, she would have to set the camera to get all twenty-two children in the frame. No, she thought, twenty-three with the new boy.

Salomé Guadalupe Ingelmo: Un maullido resuena nítido en el silencio nocturno / A crisp meow sounds in the nighttime silence

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Este gato siempre sabe a qué árbol arrimarse. Llegará a visir.
Terenci Moix, El arpista ciego.

El egiptólogo, habituado a los lamentos del vetusto edificio, distingue inmediatamente la llamada de la bestia. Otra vez un gato callejero ha debido de colarse en el edificio. El vigilante se habrá dejado una ventana abierta. “Maledetto micio”. Posa sus gafas sobre el escritorio y, hastiado, abandona los libros. Se dispone a ir en busca del intruso. Naturalmente esas actividades no entran dentro de sus competencias, pero prefiere perder el tiempo en encargarse personalmente que encontrar unos indiscretos excrementos en el lugar más inoportuno después. “Se vuoi una cosa fatta bene, falla da te”, repite la frase tantas veces escuchada en boca de su padre.
Apenas le da tiempo a distinguir el bulto con el que tropieza. No obstante percibe el familiar crujido de las vendas acartonadas, y a su nariz llega el aroma de las resinas con las que fue embalsamado. Su mente racional se rebela. Abre la boca en un reproche que la brutal caída dejará en suspenso. Durante el vuelo, el rostro ‒congelado en una última mueca de horror‒ mira hacia atrás y constata que, en efecto, es cierto.
A los pies de la escalera yace el cuerpo del arqueólogo. El cuello, partido, adopta un ángulo imposible. El cadáver mira fijamente por la ventana, hacia una luna redonda y enorme como la que lo vigilaba desde el cielo en Biban el-Harim.
Una vez la policía abandona el museo, el vigilante recoge la momia del suelo.
“Es una pieza nueva, descubierta por el difunto. Anoche la estaba catalogando. Debió de resbalársele de las manos mientras perdía el equilibrio y caía rodando. Como homenaje póstumo, pasará a sala inmediatamente”, musita consternado el director.
Los ojos del felino, hierático como en vida, refulgen victoriosos en sus cuencas vacías. Finalmente recobra el protagonismo. Tras verse despojado por los excavadores de los juguetes con los que fue sepultado para que amenizase la eternidad, él, el favorito de la reina y propietario de un vasto harén gatuno, un apreciado semental destinado a dormir, engordar y procrear, aun reducido a mojama, ha obtenido su venganza.

Rudyard Kipling: The Return of Imray

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The doors were wide, the story saith,
Out of the night came the patient wraith,
He might not speak, and he could not stir
A hair of the Baron's minniver—
Speechless and strengthless, a shadow thin,
He roved the castle to seek his kin.
And oh,'twas a piteous thing to see
The dumb ghost follow his enemy!
THE BARON.

Imray achieved the impossible. Without warning, for no conceivable motive, in his youth, at the threshold of his career he chose to disappear from the world—-which is to say, the little Indian station where he lived.

Upon a day he was alive, well, happy, and in great evidence among the billiard-tables at his Club. Upon a morning, he was not, and no manner of search could make sure where he might be. He had stepped out of his place; he had not appeared at his office at the proper time, and his dogcart was not upon the public roads. For these reasons, and because he was hampering, in a microscopical degree, the administration of the Indian Empire, that Empire paused for one microscopical moment to make inquiry into the fate of Imray. Ponds were dragged, wells were plumbed, telegrams were despatched down the lines of railways and to the nearest seaport town-twelve hundred miles away; but Imray was not at the end of the drag-ropes nor the telegraph wires. He was gone, and his place knew him no more.

Then the work of the great Indian Empire swept forward, because it could not be delayed, and Imray from being a man became a mystery—such a thing as men talk over at their tables in the Club for a month, and then forget utterly. His guns, horses, and carts were sold to the highest bidder. His superior officer wrote an altogether absurd letter to his mother, saying that Imray had unaccountably disappeared, and his bungalow stood empty.

After three or four months of the scorching hot weather had gone by, my friend Strickland, of the Police, saw fit to rent the bungalow from the native landlord. This was before he was engaged to Miss Youghal—an affair which has been described in another place—and while he was pursuing his investigations into native life. His own life was sufficiently peculiar, and men complained of his manners and customs. There was always food in his house, but there were no regular times for meals. He ate, standing up and walking about, whatever he might find at the sideboard, and this is not good for human beings. His domestic equipment was limited to six rifles, three shot-guns, five saddles, and a collection of stiff-jointed mahseer-rods, bigger and stronger than the largest salmon-rods. These occupied one-half of his bungalow, and the other half was given up to Strickland and his dog Tietjens—an enormous Rampur slut who devoured daily the rations of two men. She spoke to Strickland in a language of her own; and whenever, walking abroad, she saw things calculated to destroy the peace of Her Majesty the Queen-Empress, she returned to her master and laid information. Strickland would take steps at once, and the end of his labours was trouble and fine and imprisonment for other people. The natives believed that Tietjens was a familiar spirit, and treated her with the great reverence that is born of hate and fear. One room in the bungalow was set apart for her special use. She owned a bedstead, a blanket, and a drinking-trough, and if any one came into Strickland's room at night her custom was to knock down the invader and give tongue till some one came with a light. Strickland owed his life to her, when he was on the Frontier, in search of a local murderer, who came in the gray dawn to send Strickland much farther than the Andaman Islands. Tietjens caught the man as he was crawling into Strickland's tent with a dagger between his teeth; and after his record of iniquity was established in the eyes of the law he was hanged. From that date Tietjens wore a collar of rough silver, and employed a monogram on her night-blanket; and the blanket was of double woven Kashmir cloth, for she was a delicate dog.

Amparo Dávila: La señorita Julia

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La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo de moderación y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado. Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y escrupulosamente limpia, por lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Brontë. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la veía pulcra; vestida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día... Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que había ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer...

Roger Zelazny: Divine Madness

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"... I IS THIS _<и>?hearers wounded-wonder like stand them makes and stars wandering the conjures sorrow of phrase Whose. . ."

He blew smoke through the cigarette and it grew longer. 
He glanced at the clock and realized that its hands were moving backwards.
The clock told him it was 10:33, going on 10:32 in the P.M. 
Then came the thing like despair, for he knew there was not a thing he could do about it. He was trapped, moving in reverse through the sequence of actions past. Somehow, he had missed the warning.
Usually, there was a prism-effect, a flash of pink static, a drowsiness, then a moment of heightened perception...
He turned the pages, from left to right, his eyes retracing their path back along the lines.
"?emphasis an such bears grief whose he is What"
Helpless, there behind his eyes, he watched his body perform. The cigarette had reached its full length. He clicked on the lighter, which sucked away its glowing point, and then he shook the cigarette back
into the pack.
He yawned in reverse: first an exhalation, then an inhalation. It wasn't real--the doctor had told him. It was grief and epilepsy, meeting to form an unusual syndrome.
He'd already had the seizure. The dialantin wasn't helping. This was a post-traumatic locomotor hallucination, elicited by anxiety, precipitated by the attack.
But he did not believe it, could not believe it--not after twenty minutes had gone by, in the other direction--not after he had placed the book upon the reading stand, stood, walked backward across the room to his closet, hung up his robe, redressed himself in the same shirts and slacks he had worn all day, backed over to the bar and regurgitated a Martini, sip by cooling sip, until the glass was filled to the brim and not a drop spilled.
There was an impending taste of olive, and then everything was changed again.
The second-hand was sweeping around his wristwatch in the proper direction.
The time was 10:07.

Miguel Sawa: Un desnudo de Rubens

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El loco había sacado la cabeza por entre los barrotes de la ventana —una cabeza espantable, de cabellos erizados, que se movía incesante con movimientos nerviosos— y me llamaba con gritos de desesperación.
¡Caballero! ¡Si quisiera usted hacerme el favor de oírme unos momentos!... Tengo que revelarle un secreto importantísimo... Escúcheme usted por lo que más quiera en el mundo... Sólo unos momentos... Acérquese usted sin miedo... Yo no hago mal a nadie... Yo soy un pobre loco inofensivo...
E interrumpiéndose y clavando en mí sus ojos de fiebre:
—Mire usted, caballero, no quiero engañarle. Yo no sé decirle a usted en verdad si estoy loco o estoy cuerdo. ¿La razón es el don de pensar que Dios ha dado a los hombres para diferenciarlos de los animales? Pues entonces, a pesar de lo que digan los médicos, puedo asegurarle a usted que estoy en el pleno dominio de mis facultades mentales. ¡Qué más quisiera yo que mi cerebro hubiese dejado de funcionar regularmente! ¡Qué más quisiera yo que verme libre del tormento de pensar!
Y después de una pausa:
—Creo que vivimos equivocados. ¿Por qué considerar la inteligencia —¡oh vanidad humana!— como un privilegio, como una gracia suprema? ¡Cuánto más felices que nosotros los animales, libres del dolor del pensamiento! Todos los males del hombre tienen su origen en el cerebro. Yo he pedido al médico que me amputase el mío, como si fuera un tumor, pero no ha querido hacerme caso. ¡Los médicos son tan imbéciles! Créame usted, yo sería feliz si no pensara, si no recordara que...
Y girando cada vez más descompasadamente, más frenéticamente la cabeza, siguió diciéndome:
—¡Que no se entere nadie, que nadie escuche lo que voy a decirle!... ¡Me va en ello la vida! Caballero, soy un miserable: ¡he matado a mi mujer!
Y tapándose la cara con las manos como si se sintiera horrorizado de sí mismo:
—¡Sí; soy un miserable! ¡No merezco perdón de Dios ni de los hombres! Pero no se marche usted... Tengo que contarle la historia... Toda la historia... No crea usted que soy un asesino vulgar... Cuando usted sepa...
Sus ojos se llenaron de lágrimas:
—Yo puedo decir como Otelo: «mi cólera es como la de Dios, que destruye los objetos que más ama.»
Hizo una pausa, y después, algo más sereno, aunque siempre moviendo la cabeza vertiginosamente, continuó:
—Pues verá usted: yo estaba muy enamorado de mi mujer. ¿Cómo no sentir el amor ante aquel prodigio de la Naturaleza? Dios al darla vida dijo: «Ahí va mi obra maestra.» No puedo describir con palabras su belleza porque no las hay que den idea de lo que era aquel portento de encantos y de gracias. Ya le digo. a usted: la obra maestra del Gran Artífice.
La voz del loco se hizo musical; al hablar parecía que cantaba.
—Puedo asegurarle a usted —continuó— que la felicidad no es una mentira. Yo he sido feliz como no lo ha sido nadie en el mundo. El hombre que ha poseído a la mujer amada no tiene derecho a negar la felicidad.
Hizo otra pausa; ahora su voz se tomó bronca y al hablar parecía que lloraba.

Brian W. Aldiss: But Who Can Replace a Man?

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The field-minder finished turning the topsoil of a two thousand acre field. When it had turned the last furrow, it climbed onto the highway and looked back at its work. The work was good. Only the land was bad. Like the ground all over Earth, it was vitiated by over-cropping. By rights, it ought now to lie fallow for a while, but the field-minder had other orders.
It went slowly down the road, taking its time. It was intelligent enough to appreciate the neatness all about it.
Nothing worried it, beyond a loose inspection plate above its atomic pile. Thirty feet high, it gleamed complacently in the mild sunshine.
No other machines passed it on its way to the agricultural station. The field-minder noted the fact without comment. In the station yard it saw several other machines which it knew by sight; most of them should have been out about their tasks now. Instead, some were inactive and some were careening round the yard in a strange fashion, shouting or hooting.
Steering carefully past them, the field-minder moved over to warehouse three and spoke to the seed distributor, which stood idly outside.
“I have a requirement for seed potatoes,” it said to the distributor and, with a quick internal motion, punched out an order card specifying quantity, field number and several other details. It ejected the card and handed it to the distributor.
The distributor held the card close to its eye and then said, “The requirement is in order, but the store is not yet unlocked. The required seed potatoes are in the store. Therefore I cannot produce your requirment.”
Increasingly of late there had been breakdowns in the complex system of machine labor, but this particular hitch had not occurred before. The field-minder thought, then said, “Why is the store not yet unlocked?”
“Because supply operative type P has not come this morning. Supply operative type P is the unlocker.” The field-minder looked squarely at the seed distributor, whose exterior chutes and scales and grabs were so vastly different from the field-minder’s own limbs.
“What class brain do you have, seed distributor?” it asked.

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Tales of Mystery and Imagination

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