Some people see things that others cannot. Tales of Mystery and Imagination. “The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown” (H.P. Lovecraft).

Medardo Fraile: Decapitado

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Para Brigitte Radloff

CUANDO le asignaron su cuarto en la pensión, encajada entre cuatro calles estrechas, lo primero que hizo fué establecer una corriente de aire para evitar un olorcillo rancio que parecia emanar de una cañeríaaorta hinchada en un ángulo de la habitación. Asomado al balcón vio de frente a un hombre vestido de negro, con sombrero, que acababa de doblar la esquina y tomaba derecho la calle. Entró en seguida en su cuarto a desocupar la maleta y vio la araña cuando ya había puesto los libros sobre la cama y se disponía a abrir el grifo del lavabo. Era muy pequeña y estaba un poco alejada de la tela—pobre y deshilachada—, pensando que aquello no iba bien y nuevamente tendría que empezar. Diré a la criada que limpie eso, pensó. Aunque—siguió diciendo—, estas que son como esa no pican ni hacen nada, parecen muy enceladas con su labor, —que, por otra parte, realizan muy despacio—, pero no es decente que ese animal esté ahí, más que nada porque los ángulos de las habitaciones gusta verlos limpios y una araña es siempre, además, una pequeña duda, una ligera preocupación y hay quien no se atreve a alzar la voz o tirar desde lo alto un zapato al suelo, por si el bicho se remueve y toma alguna decisión desagradable. Y si al ir a aplastarla se falla el gol-
pe la cosa está clara, el bicho sabe que van por él sin ningún miramiento y que si antes se le había tolerado no mediaba en ello el afecto sino el egoísmo. La araña entonces puede tener una idea genial acerca de uno,
—se dice que no tienen ideas fijas—, y entonces atacarnos de forma tal vez muy peligrosa. Fué en aquel momento cuando en la casa de enfrente de fachada de almagre se abrió un balcón, —y no parecía que antes hubiese ninguno—, y se asomó la muchacha con vestido de flores estampadas, que, varias veces, mientras él la miraba con el rabo del ojo, se movió de un extremo a otro del balcón para fisgar a su antojo la habitación donde estaba él recién abierta. Se vio que ella le conocía.
Alguien, por detrás de ella, azuzaba con voz de apuntador: Es Azurgaraya, y ella parecía darle, un poco sofocada, con el pie por detrás para que se callase. «Azurgaray; si, Azurgaray«, insistía el tipo a sus espaldas. Y cuando él se decidió a afrontar la cosa saliendo a su balcón, la muchacha atrapellándose, con apresuramiento que pareció forzado aposta, se metió dentro y cerró, incluso, los postigos con tremendo estrépito que se hizo notar más por el repentino silencio en que quedó la calle. Luego se oía decir, como detrás de cada ladrillo: el hijo del notario Azurgaray. Y vio de frente a un hombre vestido de negro, con sombrero, que acababa de doblar la esquina y tomaba derecho la calle. Sí, dijo él al joven que regentaba la pensión, es una asignatura nada más y recalcó deletreando: u-na. Derecho Civil, pero no la ae cuarto, o sea de quinto, sino la de tercero, o sea la de cuarto. Se encontraba locuaz. Es raro pero así es.
Y fué por algo del secretario que tenía poca estatura y cambió la disposición de las actas en los armarios y entonces fué la infiltración por la (¡ue tuve que trastrocar, —previa notificación, naturalmente—, la asignatura, solo u-na al fin y al cabo, deletreó de nuevo. Pero era inútil, el joven ya no estaba. Cuando empezaba le escuchaban con verdadero ahinco y de repente luego cuando él decía «y fué por algov se iban desinteresados, a veces murmurando una palabra de cortesía o mirando el reloj repentinamente melifluos, como si les llevase alguien esperando mucho tiempo. El joven estaba ahora subido a una escalera, silboteando una canción como si tal cosa, mientras limpiaba una bombilla.

¡Ah!
pero —recordó— la criada se llama Araceli. Se lo había dicho. Araceli.
Si, Araceli. Araceli otra vez. Miró al techo y espió a la araña durante un
rato. Estaba inmóvil. Era el mejor momento. Se asomó a la puerta de
su cuarto muy despacio, pero no había nadie. El joven que regentaba la
pensión no había dejado ni rastro en el pasillo. Y la bombilla que lim-
piaba con esmero aparecía otra vez llena de manchas. Llegó hasta un
cuarto próximo con un hogar de campana y una mesa basta de patas
gruesas y encontró silencio. Colgadas de un alambre, en él patio, dos al-
pargatas negras se mecian y hacían a veces señales a la mesa. ¡Araceli!
gritó. Silencio. Por un pasillo que no conoció se coló hasta el rellano de
una escalera tranquila, amplia y brillante. La miró. Era una escalera in-
citante y, a la vez, terrible. Tenia la impresión de que algo había salido
de su cuarto y le espiaba detrás, de que (salguien» adivinaba sus inten-
ciones y le aguardaba en un rincón, oculto, en un lugar oscuro. ¡Ara...!
tenía angustia y se calló. Y además, cuando iba a seguir, oyó el chirrian-
te estrépito que hacia el balcón de la muchacha de flores
estampadas.
Estaba seguro de que miraban su cuarto y al mismo tiempo le miraban
a él y algo irresistible, como si le dieran un tirón enorme, le hizo volver
atrás. Pero el balcón permanecía cerrado, hermético. Paró sus pasos y
escuchó sin respirar apenas. Nada. Era detrás. Se volvió. Era detrás.
Volvióse. Era detrás. Giró, giró, giró una y otra vez,
continuamente,
como una veleta que deseara señalar su cola. Golpeó la pared, levantó la
colcha de la cama, abrió la caja de los zapatos, la maleta, el armario,
miró a la araña y, distanciado, dio una patada a la cortina.
Respiraban
con él, a su ritmo: ¡Aaaah, Aaaah! ¡Aaaah, Aaaah!, y era en el balcón
de enfrente. Y encendiendo todas las luces, se asomó. Y venía de frente
un hombre vestido de negro, con sombrero, que acababa de doblar la
esquina y tomaba derecho la calle. Cuando entró se dio cuenta de
que entraba por tercera vez. La araña.pendía
de un hilo y era mucho
más grande. Lo sabia, se dijo, y luego pensó: me arrancará la cabeza.
Despacio se fué escurriendo hacia una silla y fué resbalando por uno de
f>us palos con sumo cuidado hasta sentarse. Si me ve sentado, pensó, se
volverá atrás, no tendrá sentido que demuestre su fuerza. Pero ella no
menguaba y estaba exactamente sobre la cabeza de él. El entonces quiso
distraerse mientras imaginaba la forma de llamar a alguien. «Es una
lamparan, se dijo, y esto pareció tranquilizarle mucho. «Es una lamparan,
se repetía una y otra vez cuando ella se le hacía mayor o creía percibir
que daba hacia abajo un tironcito del hilo. Y una vez dijo: «Una ra pa-
lamesr) y se dio cuenta de que sería inútil ya seguir con esa frase y se
apresuró a sustituirla angustiado, y no encontraba otra, y el hilo daba
sáltitos sobre su cabeza y ella aumentaba hasta cerca de un palmo. Y fué
entonces cuando leyó «Usted debe asegurarse-a en el balcón, en un vi-
drio, y se llenó de alegría porque podía y a decir «Usted debe asegurarse))
y sólo era la propaganda de un seguro que había sido aprovechada
para
ocultar un roto en el cristal. Y asi hasta que dijo «beted sese degurarausn
y estuvo en nada que gritase porque sintió como si ella le estuviese le-
vaniando el peto con una pata. Y entonces se concentró en un nombre:
Araceli. Y, sobre sus rodillas, comenzó a teclear con los dedos el nombre
de- Araceli, porque se le habia ocurrido una idea. Y tecleaba
A-RA-CE-
LI, como si dijese DO RE MI FA. Y poco a poco fué subiendo la voz,
llegando a todos los signos de admiración a que puede llegar un aterrori-
zado que está inmóvil y siente que el verdugo le hurga en la cabeza.
¡ ¡ \A-RA-CE-LIIIEEEA]
] ] Y se asomó, con gran estrépito de hierros,
la muchacha de las flores estampadas,
que sonreia. Y un hombre,
—lo
sintió—,
acababa de doblar la esquina y comenzaba a pasar la calle.
Fué entonces cuando aterrado vio que ella lanzaba sobre él aviones pun-
zantes y diminutos que pitaban y hadan irritantes impactos que se iban
abultando sobre el lóbulo de sus orejas, las venas de su cuello y sus pár-
pados. ¡Tregua! gritó. ¡Tregua! gritó angustiado. Y se hizo un silencio.
Y en la tregua pasaba él sin cesar hojas y hojas de un libro enorme que
vigilaban dos ordenanzas malhumorados
y escépticos. AB, no. AF, no.
AJ, no. AP, no. AR, AR, ARA, ARA, ARAÑA. Pero las letras se agol-
paban, cambiaban de lineas, subían y bajaban, formaban patas y eran
iguales a pequeñas notas en un rayo de sol. «Es el de las arañas», decían
los ordenanzas y chascaban sus lenguus hasta que se les partían. Y se oyó
entonces una risa y, con gran estrépito, se cerró el balcón de la mucha-
cha de las flores estampadas y sonaron pasos y una pata negra se le
anilló con fuerza a la barba. Hizo un desesperado esfuerzo y se levantó
pero al hacerlo sólo vio el orinal bajo la cama y una gran cucaracha ne-
gra con olor a miedo y nada más que un dolor agudísimo y unas som-
bras y el sentido instantáneo de una ridicula tragedia
espantosa.
Cuando Araceli al día siguiente entró tan pancha en el cuarto de
Azurgaray para arreglarlo, hizo ¡Ooooh! largo rato, cual globo que se
desinfla. El señorito Azurgaray
estaba muerto en la cama, sin cabeza.
Llegó el joven que regentaba la pensión. Apresurada y con extrañeza se
asomó a su balcón, enfrente, una muchacha con vestido de flores estam-
padas. A las doce, como todos los días, un hombre con sombrero, de ne-
gro, dobló la esquina y, al pasar por la puerta de la casa, se paró a pre-
guntar. Llegó la policía acompañando al padre de la victima,
Azurgaray
el notario, afligido y entero, que habló con Madrid nada más llegar.
Llegaron el juez y el forense. Llegó el conserje de noche, Sr. Sánchez,
que descansaba en su casa del trabajo nocturno. Llegó
«Entrometido»,
redactor de «Emblema», atildado y joven.. Y en la puerta del cuarto se
estacionaron huéspedes y curiosos.
Araceli aseguró no saber nada. Estuvo en la casa trabajando todo el
santo día y a las doce se acostó y se durmió. El joven que regentaba la
pensión declaró que el Sr. Azurgaray,
hijo, era un muchacho
amable,
que pagaba las • cuentas con largueza y a punto. Y que en esa pensión
nunca había ocurrido nada igual. La muchacha de las flores
estampadas
le dijo a la autoridad que ella era una mujer muy de su casa y que ni los
balcones ni la calle le gustaban. Sánchez, el conserje, quedó, en princi-
pio, detenido; sus declaraciones translucieron oscuridad sintáctica
que
le hicieron, muy pronto, sospechoso. Y el diario «Emblema», con olorci-
Uo a pequeña política burguesa, madrugador moderado, tintoso y fresco
a la hora del café con ensaimada, ofreció, el dia siguiente, la noticia a sus
lectores, que, seguida de una extensa crónica de «Entrometido»,
decía
asi: EL HIJO DEL NOTARIO
AZURGARAY,
DECAPITADO.
«Ayer
por la mañana a primera hora apareció decapitado en su cuarto de la
pensión Dos Mundos el hijo del conocido y solvente notario de la provin-
cia, Sr. Azurgaray, que desde hacía cuatro días se encontraba, por estu-
dios, en nuestra capital. Se desconocen las causas del horrible
crimen,
aunque parece que el principal móvil ha sido el robo. El médico forense,
Sr. Muñoz, declaró que obraron en el hecho elevadas dosis de éter. Fué
detenido como sospechoso Anselmo Sánchez antiguo corneta en la gue-
rra de Cuba, conserje de noche en la citada pensión que declaró, vaga-
• mente, haber oído algún ruido a eso de las cinco y haber visto a dos
huéspedes, no precisados, salir muy temprano de la pensión, como para
ir al campo, ya que recuerda que iban con pantalones de pana. El desdi-
chado hijo del Sr. Azurgaray, que contaba con muchas simpatías
en
nuestra ciudad, tenía sobre la mesa de noche de su cuerto el extraordi-
nario de «Emblema» lanzado ayer sobre la guerra civil en Argentina y
el bombardeo supuesto de Buenos Aires por aviones rebeldes. El comisa-
rio Meléndez-Alba, de la brigada criminal del Centro, ha dado comienzo
a la investigación del caso».

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